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Ampliar el derecho de voto a los 16 años, ¿por qué sí y por qué no?

El pasado septiembre, el Congreso de los Diputados se reunió para decidir si tramitar una reforma de la Ley Orgánica del Régimen Electoral que permitiese ejercer el sufragio desde los 16 años

Esta medida, avalada por entidades juveniles de referencia como el Foro Europeo de la Juventud o el Consejo de la Juventud de España, fue votada en contra por los diputados del PSOE, PP, Vox, Ciudadanos y PNV; mientras que Unidas Podemos, Bildu, JxCat, CUP, BNG y Compromís se posicionaron a favor. Finalmente, con 218 noes, 67 síes y 58 abstenciones, no salió adelante.


Pleno en el Congreso de los Diputados. Fuente: EP

Pero, dejando al margen los grupos políticos y sus volátiles posturas, que casi siempre se ven afectadas por más de un único factor, ¿cuáles son los principales argumentos que han sido presentados, tanto en contra como a favor, para permitir votar a los jóvenes de 16 y 17 años?


Algunos expertos sugieren que los jóvenes son más impulsivos y vulnerables a las influencias. Su perspectiva temporal, que suele tender al corto plazo, les lleva a interesarse más por las consecuencias inmediatas y calcular peor los riesgos. Por ello, se tiende a pensar que la incorporación de su voto acabaría contribuyendo a una mayor polarización de la sociedad.


Sin embargo, la extensión del sufragio en Austria mostró un comportamiento electoral centrípeto entre los jóvenes. Por su parte, el CIS calcula que el 16’7% de los jóvenes que no tenían edad para votar en las elecciones generales de 2019 votaría hoy por el PP (y después, por orden, al PSOE, Vox y a Unidas Podemos). El verdadero problema es que esta entidad estima también que el 23’5% no sabría a quién votar y que el 8’7% ni siquiera se presentaría en el colegio electoral.


Esto se debe a que los electores más jóvenes suelen preferir el activismo, los debates o las manifestaciones como formas de participación política; pero muestran elevadas tasas de desafección y un gran absentismo a la hora de votar. Como resultado, se calcula que sólo participarían 300.000 nuevos votantes, si bien estamos hablando de una franja de edad que aportaría más de 975000 ciudadanos al censo electoral.


En cualquier caso, los jóvenes españoles, desde los 16 años, pueden acceder al mercado laboral, pagar impuestos, contraer responsabilidades penales, abortar y obtener un justificante de emancipación (para, por ejemplo, contraer matrimonio). Así que en cierto modo, no reconocerles el derecho al sufragio activo significa no permitirles decidir sobre políticas que les afectan directamente, lo cual muestra cierta incoherencia entre sus responsabilidades y sus derechos como ciudadanos.


Además, en el caso de convertirlos en potenciales votantes, los partidos impulsarían más y mejores políticas de juventud para atraer su voto. Asimismo, favorecería un mayor equilibrio electoral entre los mayores y los jóvenes, ya que el régimen demográfico que presenta nuestro país reduce año tras año la proporción de jóvenes en la sociedad (mientras la natalidad continúa reduciéndose, la esperanza de vida es cada vez mayor).



Resumiendo cada posición, los argumentos a favor de bajar la edad de voto son generar motivación e interés político entre los jóvenes, reducir el absentismo electoral, reforzar la coherencia entre el sistema político y el judicial y adaptarse a los cambios demográficos de la sociedad. En cambio, aquellos que argumentan en contra aducen que se trata de un “señuelo” para atraer a los jóvenes, que este grupo de edad es altamente influenciable y resultaría en un nuevo voto muy volátil, y que los menores de edad no tienen plena capacidad de obrar.


Cartel propagandístico del Consejo de la Juventud de España. Fuente: CJE

Cabe destacar que entre los mayores opositores a esta medida se encuentran precisamente los jóvenes que acaban de alcanzar la mayoría de edad y ya han adquirido el derecho al voto. De acuerdo a encuestas realizadas por el CIS-INJUVE, al 31% de los jóvenes de más de 18 años les parecería bien, pero el 49% se muestra remiso a esta ampliación.


Aunque resulte más o menos sorprendente, no son pocos los países europeos que ya permiten a sus ciudadanos votar desde los 16 años. En Europa, es el caso de Austria y Malta (en todos sus procesos electorales); Alemania, Reino Unido y Estonia (en comicios estatales, regionales y municipales); o en Grecia (siempre que alcancen los 17 el año en el que se celebren las elecciones).


Para concluir, analizadas ya las diversas posturas del debate, es interesante centrar la atención sobre sus protagonistas, los jóvenes de entre 16 y 18 años, y preguntarse cuáles son los aspectos políticos que más les interesan hoy en día. En una encuesta realizada por Unicef y Cippec a finales de 2021, los temas más mencionados entre los jóvenes fueron la calidad educativa, el cuidado de la salud mental, la crisis climática, la violencia de género, la formación laboral y la pobreza.


Todas estas sensibilidades, más o menos representativas del conjunto de la sociedad, pueden ayudar a hacernos una idea de hacia dónde se dirigirá la política española en los próximos años. Por ello, el electorado actual debe tener en cuenta que serán precisamente estos jóvenes los que en un futuro no muy lejano deban afrontar las consecuencias de lo que se haya votado hoy. Al final, ellos son la sociedad del futuro por la que buscamos mejorar.



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