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Capitalismo de domingo

En un mundo de prisas solitarias, donde las miradas se ausentan y las palabras mueren antes de tiempo, nada puede salir bien. ¿Y si volvemos a reencontrarnos? ¿Y si cambiamos el rumbo?

Camino demasiado rápido. Las calles ya no me llaman, no son la misma alfombra que solía reflejar ese sol de primavera. Camino en ocasiones sin mirar mi paso, tan solo pendiente del próximo encuentro, del futurible destino. Y quien me rodea parece seguir la misma idea. El conductor del autobús busca su última jornada, el último frenazo, el llegar a casa y el volver a llorar al lunes. La panadera que solía acompañar mis comidas ya no puede hacer competencia al incesante producir del gran comercio. Su domingo ahora reside en casa, como un inquilino indeseado también hijo de ese frenesí.


A pesar de que el reloj ya quedó como reliquia de ocasión, como objeto de museo vintage, es cada vez un elemento más presente en nuestras vidas. Sí, ahora los teléfonos le hacen sombra, nos retienen en ese tic-tac homicida, pero seguimos siendo presidiarios de su compañía. El tiempo, una vez más, nos condena.


En un mundo donde la tendencia muere tras un suspiro, donde cada alma tiene dos caras, casi rozando la desidia paranoica, poca gente alza ya la vista para volver a recordar lo verdaderamente importante. Es raro observar una interacción humana en el hábitat natural de la ciudad. Cada uno juega en un tablero distinto, con sus propios planes, o sin disponer de ellos, pero no comparte fichas con sus aledaños.

 A lonely woman sitting on a bus stop in the middle of a crowded city, mid-distance from the eye of the painter, midday, a busy street between the painters' eye and the woman and a beautiful park flourishing in the start of the spring behind her, painted by Thomas Kinkade.
Obra póstuma de Thomas Kinkade. Fuente: DALL-E 2

Podríamos discutir muchos casos de esta suave deriva. Las antiguas salas de barrio, por ejemplo, fueron heridas de muerte con el nuevo siglo. Pocas siguen hoy día a flote mostrando cine independiente. Tan solo las grandes producciones llegan a la gran pantalla que a su vez recibe cada año la calurosa visita de menos espectadores. Es cada vez menos común disfrutar de una película con la compañía del desconocido que, por algo más de cien minutos, no deja de ser nuestra circunstancia y por tanto un amigo que nunca conocimos.


Por otro lado, hace ya tiempo que la butaca tomó forma de sofá. El streaming nos insta a consumir arte desde casa, a vivirlo en solitario. Con el tiempo, vamos careciendo de una cultura compartida; poco a poco cada cual se desvía por un imaginario diferente. Es la cara oscura del vivir globalizado, del 'donde quiera, cuando quiera'. Nos distanciamos peligrosamente.


Y el mundo de la cultura no es el único perjudicado. Lo saben bien las personas que a raíz de la pandemia comenzaron a teletrabajar. Con el cierre de sus oficinas se desvaneció también el café de las doce, el respiro cercano del compañero, cada gesto que nos hace humanos. Lo saben quienes mantienen a pie nuestros centros de salud, que ven como poco a poco, avanzamos sin darnos cuenta hacia un modelo de privatización donde no importe el bienestar de la población sino del individuo. Donde mirar mas allá del bolsillo sea complicado.


Lo entienden también quienes viven del teatro. Cada vez menos obras, menos recintos llenos, menos aplausos finales que levantan auditorios completos. Lo saben los artistas que no ven otra forma de hacerse un nombre que a través de plataformas como TikTok, abogado primero de ese individualismo, esa dominación del teléfono, la mayor arma de influencia publicitaria que nunca imaginamos tener en nuestras manos.

Soledad. Fuente: DALL-E 2

Todo apunta en la misma dirección. La confrontación crece, muchas veces instigada por quien habita ese congreso del esperpento, y con ella nos separamos inevitablemente. Bailamos sobre un capitalismo de domingo, que aunque nos satisface a corto plazo, no aporta significado a nuestros actos. Conducimos nuestro propio coche, trabajamos a solas, comemos a solas, imaginamos a solas, viajamos a solas. Tan solo la soledad hace las veces de compañera incondicional. Y quien sí tiene el privilegio de disfrutar de buena compañía, no suele hacer lo suficiente por valorar ese preciado tesoro. La prisa no se lo permite. Porque siempre es domingo, siempre miramos hacia el próximo lunes.


Decía el escritor mexicano Doménico Cieri que el arte es pausa. Es quizá una forma de comprender lo que nos ocurre. Si el arte es pausa, y nosotros carecemos de ella, ¿perderemos el arte de vivir? ¿Seremos condenados a un fin etéreo ausente de humanidad?

Fuente: DALL-E 2



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