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Cinco minutos más para la cuenta atrás

Quiero caminar más despacio, volar como los gorriones y ver crecer un árbol. Es algo que me diría alguien inocente como Alicia. Se escucharía en los matinales sin audiencia, durante los dos minutos de cultura, entrecortado por la última resolución del tribunal supremo y un tumulto de guerras y balbuceos tortuosos. Sin embargo, hoy quiero caminar más despacio, volar como los gorriones y también ver crecer un árbol. No solo trasplantarlo de la maceta a la tierra humedecida en primavera, sino volver cada semana aunque tuviera que recorrer un par de kilómetros. Porque los caminaría más despacio. 


Todo esto lo pensaba al marchar de aquella plaza en vilo, sostenida por unas farolas calurosamente arrecidas y la multitud nocturna. Mis manos rozaban los bolsillos por dentro, sin prisa por alcanzar la cerradura de siempre. Estaban frías. No frías como el hielo, sino frías como febrero. Y entre tantos aires de fin a mi alrededor, comencé a sentir dentro un principio, esas ganas de hacer tres cosas diferentes a lo de siempre. Pero ya era tarde y todos comenzaban a regresar a casa para poner fin al fin.


Yo seguía volando como un gorrión por algunas calles sin nombre, bien pasada la cuenta atrás. Cruzaba ciudades inexpugnables con las que alguna vez había soñado de refilón. Durante el camino miraba al cielo y podía intuir un color violeta cuyo mensaje me removía por dentro. ¿Cómo iba a llamar yo a aquel árbol recurrente?



"Farola sin nombre"

Últimamente pienso que en realidad todos tenemos tres deseos por cumplir. Algunos no se dan cuenta porque viven aturdidos entre mecanografía moderna. Otros, a pesar de recordarlos cada día, prefieren tacharlos de utopía. O de ideas de mierda. Y están los que los van cumpliendo con el tiempo, que, quiero creer, somos todos en mayor o menor medida.


Los telediarios me suelen vender la otra cara del panorama, una más oscura y apagada. Y ojo, no culpo al redactor, sino más bien a la facilidad que solemos tener para obnubilar las praderas inmensas y llenas de flores en cuanto aparece una nube negra con aires de descargar. La lluvia ácida entorpece el paisaje enseguida. Pero estoy convencido de que ese no será el destino de mi futuro árbol.


Digo esto porque cruzando una explanada aquella nochevieja y encerrado en mis tres deseos no podía parar de pensar en si alguien más querría caminar despacio. Y a mi cabeza volvía el jolgorio y las carcajadas de la plaza iluminada. Y la de todos los salones llenos, las mesas recargadas y las prisas de menos cinco. Realmente queremos soñar por naturaleza. Por mucha lluvia ácida que se apalanque sobre nuestras cabezas.



"Paseos"

Desperté a eso de las nueve y media sobre el césped algo escarchado y con algún rayo de sol posado en mi cara. Sigo pensando que sobrevivir la noche a la intemperie fue un episodio de ilusionismo. Pero el fin me había deparado un comienzo frente aquella explanada. 


Me franqueaban una fila de edificios de seis pisos, abuhardillados, y sus soportales casi vacíos, fruto de la mañana del uno de enero. Creí haber oído la marcha Radetzky a lo lejos, entre algún balcón semiabierto. Y ante mis ojos, a los pies de aquel pequeño terraplén, la ciudad resurgía una vez más.


Pasé allí algo más de dos horas, esperando al momento apropiado para volver a casa. Los campos ya eran verdes y el sol me miraba atento. En ese rato hubo una imagen que aún no olvido: una mujer que volvía de algún lugar con un ramo de flores en la mano derecha. Sola, atravesando la alameda sin prisa. Me recordaba a un cuadro que una vez vi en el Thyssen. Después pasaron dos niños abrigados en su mundo. Y de tanto en tanto, otra escena de la que alguien era protagonista.


Todos esos encuentros en la distancia me llevaron de nuevo a la llama que había prendido esta historia, allí, bajo una farola sin nombre, con la noche en vigor y tres deseos en mente. Caminar más despacio, volar como los gorriones y ver crecer un árbol. Creo que tendré compañía.


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