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'Don't say war'

Suenan campanas de guerra en Europa que repicarán sobre los de siempre


El republicano gobernador de Florida y enemigo íntimo de Trump, Ron DeSantis, aprobó hace ya dos años una proposición de ley popularmente conocida como Don’t Say Gay, que, entre otros, prohibía las charlas sobre orientación sexual en los institutos y colegios y que le valió un enfrentamiento con Disney. El denominado en ocasiones como país más poderoso del mundo se ha enfrentado a lo largo de la historia a potencias como la URSS, China e incluso el reto de llevar un hombre más allá de la esfera terrestre, pero parecen temer a algo tan inofensivo como simple: las palabras.



Militares de instrucción. Fuente: Euroefe

No andan excesivamente desacertados. Es cierto que nadie modificará su orientación sexual por escuchar con 6 años que existen personas a las que les atrae su mismo género –ahí andan rotunda y peligrosamente equivocados—pero no estaba muy desubicada JK Rowling cuando escribió en su famosa saga Harry Potter aquello de “las palabras son, en mi no tan humilde opinión, nuestra más inagotable fuente de magia. Capaces de causar daño y de remediarlo”. Ella misma, precisamente en relación con la comunidad LGTB, ha podido comprobar la fuerza de esta afirmación.


En Europa, al menos de momento, no existe un debate fuerte acerca de esta cuestión y los que han querido ponerla sobre la mesa apenas han tenido éxito alguno más allá de la implantación en nuestro país de lo conocido como “pin parental”, que en la práctica no ha cambiado a grandes rasgos las cosas pese al empuje de sus principales impulsores. El peligro de las palabras en Europa tiene otro nombre propio: guerra.


Fue el primer ministro de Polonia el que de cierta manera “abrió el melón” cuando en una entrevista confesó que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, había pedido a sus homólogos europeos evitar el empleo de términos como guerra en sus declaraciones. Sorprendentemente afirmaba no entenderlo, y negaba que en Europa la guerra fuese ahora una abstracción.



Tusk y Sánchez. Fuente: La Vanguardia


Que no vivimos momentos de calma absoluta es algo que a nadie se le escapa, aunque estemos en tiempos en los que podemos seguir tranquilamente nuestras vidas mientras a unos kilómetros Putin ataca Ucrania o niños mueren en la frontera de Gaza. Es cierto, puede que en cierta medida nos hayamos desensibilizado y acostumbrado a tolerar ciertas dosis de violencia internacional con tal de que nuestra querida paz no se vea perturbada, con tal de preservar eso que Josep Borrell llamó el jardín que es Europa. Pero es precisamente el tono empleado por determinados representantes públicos europeos lo que hace peligrar la paz, más que muchos disparos a kilómetros de nuestras fronteras.


La historia no se repite y quien afirma lo contrario adolece de desconocimiento de ella, pero sin duda rima: al igual que hubo un Imperio Romano, otros llegaron después; los católicos gobernaron la Península Ibérica como siglos antes lo hiciesen los árabes y en 1939 llegó la Segunda Guerra Mundial como ya años antes tuvo lugar la primera. Precisamente la Segunda Guerra Mundial finalizó hace menos de 100 años y ya hay quien habla de otro enfrentamiento inminente. Parecen olvidar que nada bueno trajo ese enfrentamiento en Europa, que se saldó con destrozos materiales y económicos y la muerte de miles de personas. Por poner contexto, la mayoría de esas muertes fueron de personas de las clases bajas, ¿alguien cree que han cambiado tanto las cosas en 80 años como para que el contexto no volviese a repetirse?


Cifras de la Segunda Guerra Mundial. Fuente: ABC

Es fácil afirmar que se acerca la guerra cuando no vas a luchar en ella, y es fácil proponer que la población vuelva a tener servicio militar obligatorio a los 18 años cuando rozas la séptima década. Es fácil, en definitiva, condenar el futuro de las generaciones jóvenes por intereses presentes, intereses que, en muchas ocasiones, nada tienen que ver con el bien común.


No hay que ser ingenuos. La paz es tan valiosa como inestable y bastarían un par de movimientos de Rusia para que el fino hilo que separa la paz de la guerra acabase por romperse, pero no es eso lo que se espera de un representante público. No al menos de uno bueno. Este debería reunir las cualidades de un buen líder, entre las que indudablemente está dar certeza en momentos de incertidumbre. Usar a la ligera términos como guerra y optar por según qué proposiciones y acciones no solo no genera certidumbre alguna sino que contribuye precisamente a inflar la burbuja del conflicto que acabará por estallar, eso sí, en la cara de los de siempre: los ciudadanos corrientes.


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