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El año de Wes Anderson

El director independiente nos ha dejado cinco maravillas audiovisuales este 2023 que representan una evolución en su carrera artística

Esta historia comienza el primer día de mayo de 1969. Nace Wesley Wales “Wes” Anderson en Houston, Texas. Su madre es arqueóloga; su padre trabaja en publicidad y, tal vez más importante aún, es dueño de la cámara Super 8 con la que Anderson realizará sus primeras películas.


Más de dos mil kilómetros al oeste, Hollywood y la industria del cine de la que formará parte Anderson están cerca de perder toda su inocencia y optimismo y de cambiar para siempre: en cuatro meses, el 9 de agosto, ocurrirán unos asesinatos en Cielo Drive, Los Angeles, California, a manos de la familia Manson. Entre las víctimas estará Sharon Tate. Cuando Anderson tiene ocho años, sus padres se divorcian.


Wes Anderson en el set de Asteroid City. Fuente: Architectural Digest

Es 2001, y Anderson ya ha estrenado dos películas –Bottle Rocket en 1996 y Rushmore en 1998–, las cuales han atraído la atención de gente importante en la industria; entre ellas, Martin Scorsese. Scorsese es parte de la ola de cineastas independientes de los 70 –hijos de ese cambiado Hollywood– e impulsor de la segunda ola de cine independiente que ocurre durante los 90, de la que Anderson forma parte.


En diciembre de ese año se puede ver The Royal Tenenbaums, su éxito crítico y comercial más importante hasta ese momento, sobre una familia de genios distanciada tras la separación de los padres, Royal y Etheline. Anderson recibe su primera nominación a los Oscar (Mejor Guion Original). En la historia, Etheline (Angelica Huston) es arqueóloga.


Material promocional para The Royal Tenenbaums. Fuente: Disney Plus

Es 2014. Trece años y cuatro películas más tarde, el éxito comercial y crítico de Los Tenenbaums se ve finalmente superado por El Gran Hotel Budapest, película ganadora de cuatro Oscars y sensación total en taquilla, con más de 170 millones de dólares recaudados a nivel mundial.


Anderson no recibe ningún Oscar directamente pese a sus nominaciones a Dirección, Guion y Mejor Película, y nuevas entradas en su filmografía no se acercarán a cosechar tanto en cines. De hecho, The Royal Tenenbaums sigue siendo su segunda película más exitosa en términos de recaudación: unos 71 millones de dólares.


Este parece, entonces, el final de la historia. El Gran Hotel Budapest le cimenta como uno de los directores americanos más importantes del nuevo milenio, uno con un estilo extremadamente particular (simetría, movimientos de cámara milimétricos, colores expresivos, actuaciones rígidas, uso de miniaturas y narraciones novelísticas) que ha sido imitado pero nunca igualado.


La simetría de Wes Anderson en Moonrise Kingdom. Fuente: Far Out Magazine

Sin embargo, tal éxito también puede convertirse en un punto álgido destinado a proyectar una sombra sobre el resto de una filmografía que no parece conseguir igualar a la película sobre un excéntrico conserje de hotel acusado de asesinato. Mirando atrás, 2014 parece ser El año de Wes Anderson si tenemos en cuenta las nominaciones de premios importantes, la recaudación en taquilla y la respuesta positiva de críticos y audiencia.


¿Pero es esa la única forma de juzgar una carrera artística? Los parámetros mencionados tienen un claro punto ciego: no tienen en cuenta la evolución de las obras en términos estilísticos, en términos de forma. Ni siquiera se puede confiar del todo en los críticos para tener esto en cuenta porque, a veces, en el momento, no nos damos cuenta de la evolución de algo, solo de su diferencia con lo anterior, lo cual nos puede causar rechazo injustificado. ¿Qué pasa cuando una obra de arte es un éxito en términos de experimentación?


Para Wes Anderson, 2014 no es más que un nuevo comienzo. Antes de El Gran Hotel Budapest, las películas de Anderson solían tener un solo narrador central y, de vez en cuando, algún personaje contaba una pequeña historia enmarcada dentro de esa narrativa principal.


Pero, en su película más taquillera, el director hace algo distinto. El Gran Hotel Budapest es un libro dentro del mundo ficticio de la película, escrito por “El Autor”. Al principio de la cinta, una joven visita la estatua del Autor, dando a entender que este ya ha fallecido. Acto seguido, volvemos atrás en el tiempo y conocemos a El Autor, quien nos relata cómo hace unos veinte años conoció a Zero Moustafa, el actual conserje del hotel. A su vez, Zero nos cuenta sobre su juventud y sobre cómo conoció a Gustave H., el conserje que fue su maestro, y sobre su acusación de asesinato.


La estatua del Autor en El Gran Hotel Budapest. Fuente: Pinterest

Esa es la trama principal de la película. Una historia (Gustave) dentro de otra historia (Zero), contenida dentro de otra narración (El Autor) que a su vez está enmarcada por el presente (la visita a la estatua del fallecido Autor), la película marcando cada momento en una relación de aspecto diferente. Esto no es algo que se vea todos los días, y que fuese un éxito solo habla de la calidad de Anderson como autor. Pero, precisamente por ser un gran autor, Wes Anderson no va a quedarse ahí. La historia continúa.


Es 2021. Se estrena La Crónica Francesa, que relata el proceso de publicación de la última entrega de la revista homónima ficticia, después de la muerte de su editor, Arthur Howitzer Jr. La película nos dramatiza los cuatro artículos y el obituario incluidos en ese último número, cada historia con su propio narrador, protagonista y personajes secundarios, además de temas y estilo visual.


La magia viene cuando comprendes que esta forma de entrelazar narraciones es esencial para el mensaje general de la película, sobre la importancia de contar historias y la memoria, temas ya presentes en El Gran Hotel Budapest.


Material promocional para La Crónica Francesa. Fuente: Worthing Theatres

Es 2023, y Anderson profundiza aún más en esa idea a través cinco obras: un largometraje –Asteroid City– y cuatro cortos que adaptan historias de Roald Dahl –La maravillosa historia de Henry Sugar, El cisne, El desratizador y Veneno–.


Asteroid City es el nombre de una obra de teatro dentro del mundo ficticio de la película (estableciendo claramente una conexión con El Gran Hotel Budapest y La Crónica Francesa), y cuenta la historia de unas familias con hijos superdotados que van a una convención de astronomía donde ocurrirán cosas extrañas. La obra de teatro (siempre en color) está contada dentro de otra representación teatral sobre cómo se hizo la obra “Asteroid City”. Dicha obra ‘making of’ está enmarcada, a su vez, por un programa de televisión, ambos en blanco y negro.


Lo interesante de Asteroid City y lo que la diferencia de las otras dos películas es como maneja el foco entre sus historias y sus protagonistas. La obra Asteroid City está protagonizada por Augie Steenbeck, un fotógrafo de guerra y padre de uno de esos niños genio, interpretado por Jason Schwartzman. La obra a color es la parte que recibe más metraje, pero yo diría que el verdadero protagonista de la película al completo es Jones Hall (también Schwartzman), el actor ficticio que interpreta a Augie y que vemos durante el making of.


El viaje de Hall es uno de exploración emocional mientras intenta comprender al personaje que interpreta y a la obra de la que es parte. Pero la película, al centrarse más en Augie y no tanto en Hall, su historia se vuelve más sutil y se dobla: la exploración emocional de Hall se convierte en introspección desde el punto de vista de Augie, quien tiene que lidiar con la muerte de su mujer. Entonces, la película consigue algo asombroso: contar dos historias mostrando solo una. Es de una sofisticación y riqueza narrativa brillantes.


El set de Asteroid City. Fuente: Focus Features

Además de su experimentación creciente en cuanto a capas narrativas y protagonismo variable, Anderson está llevando más allá lo que se puede hacer con la puesta en escena. En Asteroid City y especialmente en sus nuevos cortos, utiliza técnicas brechtianas para hacer que la audiencia se de cuenta de que está viendo una obra de ficción.


Bertolt Brecht fue un dramaturgo alemán y principal teórico del teatro épico o dialéctico. Dicho teatro se centra en hacer que la audiencia piense en su propia realidad más que en la realidad de la obra a través de técnicas que distancian al público de lo que ocurre en el escenario. El objetivo: conseguir un pensamiento más consciente e intelectual del público en vez de uno subconsciente y emocional. Su origen se halla en obras políticas.


Una gran técnica brechtiana de la que Anderson hace uso es la de transformar el set en tiempo real y sin tratar de ocultarlo. En Asteroid City, un personaje dentro de la obra puede atravesar una puerta y de repente estar en la sección making of, dando a entender que el mundo a color de la obra no es más que un teatro y no una realidad.


En los cortos, el escenario se transforma delante de nuestras narices: nuevas paredes surgen desde los lados y desde arriba; para cambiar entre día y noche, Anderson cambia la iluminación de forma notable y sin cortar; para enseñar que un personaje está levitando, utiliza una caja pintada igual que el suelo para dar esa impresión mientras nos recuerda que lo que vemos es falso; por último, cambia visiblemente de acción real a stop-motion para crear ese choque anti-inmersión.


Benedict Cumberbatch en La maravillosa historia de Henry Sugar. Fuente: Radio Times

Otras de esas técnicas incluyen hacer que los actores interpreten a varios personajes, como ocurre en Asteroid City y los cortos, y el famoso ‘romper la cuarta pared’, donde un personaje habla directamente a la audiencia. Esto es notable en el cine de Anderson, el cual está lleno de narradores, pero su culmen seguramente han sido sus nuevos proyectos. En Asteroid City, los personajes a veces interactúan ‘por accidente’ con un personaje de otra capa narrativa, rompiendo la inmersión en la historia concreta pero ganando implicación intelectual en la obra completa.


En los nuevos cortos, Ralph Fiennes interpreta al propio Roald Dahl narrando sus cuentos. Pero Dahl no es el único narrador: mientras los personajes actúan, el protagonista de cada historia describe sus acciones (mirando a cámara) como si estuviera leyendo el cuento al mismo tiempo que lo vive.


Esto ocurre así para que el público se de cuenta de lo ya mencionado, que lo que se está viendo es una ficción. Así, no solo se consigue que el público piense en los temas de la historia, sino en la propia narración en sí, que es lo que Anderson realmente quiere del espectador (además de homenajear a uno de sus autores favoritos).


Ralph Fiennes interpretando a Roald Dahl. Fuente: Tumblr

Sobre los cortos, creo que es mejor no mencionar de qué trata cada uno. Es más interesante descubrirlos y dejarte sorprender por su forma y sus hechos, los cuales consiguen alcanzar mucha profundidad en poco tiempo, y eso es digno de admirar.


Para concluir, lo importante de este punto no es que Wes Anderson utilice las técnicas de Bertolt Brecht, sino el hecho de que las hace suyas. Como le dice Arthur Jr. a sus escritores en La Crónica Francesa: “Intenta que suene como si lo hubieras escrito así a propósito”. Como autor, aún sigue aprendiendo, experimentando y evolucionando, y eso creo que es más valioso que cualquier éxito monetario o crítico.


Porque lo que realmente importa en la historia del cine no es la recaudación o la puntuación en IMDb, sino la evolución del lenguaje cinematográfico. Creo que, cuando nosotros o las generaciones futuras miremos atrás, veremos 2023 como El año de Wes Anderson, como el año en el que este director de Texas cambió su cine y el cine. Pero que de eso se encargue el futuro. Por ahora, hay que seguir contando la historia.


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