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El fin de la izquierda y de la derecha política en España

La izquierda se ha convertido en un producto del capitalismo que tanto ha criticado. La derecha no es capaz de ir más allá de los números y siente una profunda animadversión hacia los valores y la moral


Izquierda y derecha, un entendimiento histórico de la política que ha caducado. Fuente: YTB

La denominación izquierda derecha ha sido siempre una de esas simplificaciones atávicas de la realidad de las que se suele echar mano a la hora de hablar de política. Una división incierta que, quizás en algún momento, pudo tener sentido. A cada bloque, en mayor o menor medida, le correspondía un modelo económico y social concreto. Poco a poco, los matices comenzaron a multiplicarse, empezaron a surgir escisiones cada vez más relevantes dentro de ambas posturas y finalmente nació aquella frase de “yo ni de izquierdas ni de derechas, yo de centro”. Ahora, en el momento actual en el que vivimos, esta diferenciación izquierda y derecha ha perdido todo el sentido mundo y no queda ni rastro de lo que alguna vez pudimos entender como tal.



La izquierda española del siglo XXI

A día de hoy no existe en España una izquierda sensata y fiel a los principios que, se entiende, debería defender. Atrás quedó aquella política que centraba sus propuestas e ideas en torno al impulso y protección de las clases medias y bajas, una izquierda que defendía la justicia social o la redistribución de la riqueza y la inversión eficiente en servicios públicos – 573 millones de presupuesto para el Ministerio de Igualdad, pero 300 millones del Ministerio de Ciencia e Innovación para la investigación contra el cáncer –.


Ha desaparecido la izquierda consciente del peligro que implica la pérdida de humanidad cuando el mercado capitalista se excede dando pie a la concentración de la riqueza en unos pocos empresarios, que hacen o deshacen a su antojo, pensando más en el lucro personal que en el prójimo. Una izquierda que defendía la existencia de un bien común –de una nación sería demasiado– y lo hacía sin complejos y siempre alejada de unas élites empresariales a las que nada le importaban que los vecinos del Parque de Berlín o del Barrio de la Concepción tuviesen que pagar precios abusivos por los alimentos, pues, si no los defendían ellos, ¿quién lo iba a hacer? Una izquierda profundamente anti independentista, tanto en cuanto la independencia y el nacionalismo ha sido siempre un sinónimo de diferencias carentes de sentido entre compatriotas y, por tanto, algo muy lejano al progreso. ¿Qué fue de esa izquierda y dónde quedaron sus votantes? ¿Por qué ahora el nacionalismo representa un progreso que debe ser abrazado? ¿Las concesiones al independentismo suponen la mejora de vida de los ciudadanos con dificultades o responde a intereses políticos?

Antes, el mero hecho de que una familia humilde pudiese hacer uso de un medio de transporte como es el avión era, no sólo un logro, si no un lejano objetivo que conquistar para la izquierda: acercar al pueblo los privilegios que, por entonces, quedaban reservados a los ricos. Sin embargo, la semana pasada, la vicepresidente del gobierno salía anunciando en directo y bajo un estado de euforia permanente que iban a suprimirse los vuelos cortos cuando estos pudiesen ser sustituidos por el tren, porque el tren – sí, el tren que lleva funcionando desde 1804 – está llamado a ser el transporte del siglo XXI. Por supuesto, la gente con recursos económicos no se verá afectada por esta medida y podrá hacer uso de sus respetivos medios de transporte privados. Así, el privar a una familia española media de una comodidad “burguesa” conquistada es presentado por la nueva izquierda como un avance social.


Imagen generada por IA.


Ejemplos similares encontramos en otros muchos aspectos, como en la posibilidad de disponer de una vivienda digna, algo que – evidentemente – supone una mejora social y un avance primordial para las clases obreras y, lo que toda la vida, ha sido entendido como una reivindicación fundamental del ideario de la izquierda. Pues bien, esa misma izquierda ya no habla de que los jóvenes no puedan comprarse una vivienda sino de lo positivo que es compartir un piso de 30 metros cuadrados con siete personas con las que no puedes comunicarte porque eso fomenta el intercambio cultural. Las reivindicaciones ya no siguen la premisa de mejorar la vida del resto procurando, principalmente a los más desfavorecidos, un mayor número de medios y recursos; sino que van encaminadas a una disparatada idea consistente en que, a pesar de tener menos, vas a ser más feliz.


¿Es un logro que todo el mundo pueda ducharse con agua caliente? ¿Y que todos los vecinos tengan un vehículo en propiedad? Por supuesto que ambas situaciones lo son, pero para la izquierda española resulta más importante ducharse con agua fría para ahorrar en las imposibles facturas, se habla incluso del denominado “coduching” como la panacea frente a las desigualdades sociales, ¡ducharse juntos para gastar menos es un avance social sin precedentes! Se nos vende como positivo que no seamos capaces de hacer desplazamientos por cuenta propia, sino que dependamos de una red pública de transportes. Eso sí, mientras que a la gente se le exige comprarse nuevos coches eléctricos a precios disparatados, la última declaración de bienes presentada en el Congreso revelaba que la media de edad de los coches privados de los miembros del Ejecutivo español es de casi 12 años.

Coches privados de los ministros. Fuente: AutoScout24

La izquierda española de hoy en día se ha convertido en una amalgama de formaciones políticas alejadas de las clases trabajadoras y de la lucha obrera, ha tornado en un conglomerado estrábico de políticos de profesión que viven a costa de los demás y que han decidido maquillar sus mejillas con el fango proveniente del mundo anglosajón, entregándose de manera perentoria al más absoluto de los delirios: la ideología woke. Nada queda esperar de esa estulticia llamada “gobiernodeunamayoríasocialprogresista”. ¿Acaso Junts es un partido progresista? ¿Lo es el PNV fundado por Sabino Arana? ¿Casa de verdad la política del Partido Nacionalista Vasco con la izquierda? Por cierto, sobre Sabino Arana, el artífice de ese gran partido vasco de izquierda – por lo que se nos dice, una formación profundamente progresista – defendía ideas tan loables como que el español era "afeminado", que su naturaleza era ser "vasallo y siervo" y lo tachó de adúltero, sucio, violento y de "raza contaminada".


Verás como se enteren en la Agenda 2030 que el fundador de uno de los partidos de la mayoría social y progresista era profundamente racista y sostenía que a los españoles que se ahogasen en la ría no había que salvarles la vida a no ser que pidiesen ayuda en euskera; o que llamaba afeminado a sus vecinos olvidándose por completo de la propuesta undécima de la Agenda: lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos y seguros. El popurrí angloelitista que gobierna hoy nuestro país – que defiende la causa antirracista y el movimiento BLM – está plagado de políticos que hablan de razas superiores o de vasallaje, si no que se lo digan al expresidente de la Generalidad, Quim Torra, con aquello de "los españoles son bestias carroñeras, víboras, hienas con una tara en el ADN". Todo esto denota que la izquierda ha experimentado un cambio profundo ideológico, de posturas políticas y, sobre todo, de comportamientos. La izquierda que tanto criticó a los ricos y a los empresarios ahora se codea con ellos, cena en su compañía y se viste también con las mismas ropas. Quiere ser uno de ellos y cambiará lo que haga falta para conseguirlo.


Es una izquierda chic, moderna e impostada que promociona los intereses de unos pocos que tienen mucho en detrimento de unos muchos que tienen, más bien, poco. Esta izquierda ha adelantado – aún no se sabe muy bien por dónde – a la derecha en el trato cercano con el mundo empresarial y ha conseguido alinearse con los magnates capitalistas, con las multinacionales que destinan millones de euros a financiar las agendas ideológicas – no hay empresa que no financie los objetivos de desarrollo sostenible, por ejemplo – y con las que comparten causa. Una izquierda profundamente enamorada del capitalismo. Mejor aún, ¡una izquierda que colabora y trabaja con capitalistas! Lo de la lucha de las clases quedó atrás, ahora ya no se deben a los trabajadores, ahora tiene que trabajar para que los que cotizan en bolsa estén contentos y, además, te cuentan que eso será bueno para ti, aunque tu factura de la luz no deje de subir o llenar el depósito del coche sea una actividad de riesgo para el corazón.


A la izquierda española ya no le importa la justicia social porque vive en su mundo particular ajeno a la realidad que sufre el pueblo para el que gobiernan – ese mismo que les sigue votando – pero, eso sí, sonríen mucho en las ruedas de prensa, tienen un tono muy cordial en sus discursos y se han comprado un coche Tesla que no contamina por 90.000 euros. Tú, por cierto, deberías hacer lo mismo. Su principal problema, es que se encuentran inmersos en una profunda deriva contradictoria que los lleva directamente a la inevitable desconexión entre sus comportamientos y los destinatarios de sus políticas, algo que no les hace capaces de, como cantaba Manolo Tena, comprender "la diferencia entre mendigos y princesas".



La derecha española del siglo XXI

Si desolador es el panorama actual de la izquierda española, no lo es menos entonces el de la derecha. ¿La única diferencia? Que la coalición que encasillamos en esa categoría todavía no ha alcanzado el gobierno nacional y, además, tampoco abrazan la ideología woke que del mundo anglosajón se desprende. Pero, a veces, la pasividad y permisividad resulta peor que el propio hacer. Nuestro país cuenta, en estos momentos, con una derecha perdida en sus propios miedos personales que es incapaz de reaccionar y de proponer una alternativa lógica frente a sus adversarios políticos, quizás porque no tienen muy claro si sus adversarios son los que están en La Moncloa o con los que gobiernan en no pocos municipios y comunidades autónomas.


Denuncian ante los medios un supuesto desmantelamiento del Estado de Derecho –no me pronunciaré aquí–, se llevan las manos a la cabeza ante una supuesta amnistía que, casi con total seguridad, conoceremos en los próximos días – porque, lo de Aznar, ¿qué fue? – y consideran que el presidente del gobierno está urdiendo un tenebroso plan para derrocar la monarquía e instaurar una república –pobre de Felipe VI como cumpla con su deber constitucional y sancione algo que no guste a la derecha– porque ellos son sumamente, radicalmente, ¡enérgicamente constitucionalistas! Por tanto, defienden siempre a un rey que, por cierto, tiene sus funciones muy limitadas por ese dios-constitución al que idolatran.


Esta derecha defiende todo en lo que cree –como si esto fuese mucho– con un arma que resulta de una infalibilidad tal que consigue siempre que sus enemigos terminen arredrándose y que es, precisamente, la constitución. ¿La unidad nacional está en peligro? ¿La presidencia de una comunidad autónoma va a ser ocupada en los próximos meses por un exmiembro de ETA? Pues la derecha no habla de Nación, no vaya a ser que les llamen cosas feas. No esgrimen que la Nación prevalecerá, que el pueblo español es más importante que los intereses perversos de un puñado de políticos o que esto o aquello atenta, directamente, contra los valores sociales y morales que ellos defienden. Por supuesto que no, sería mucho pedir que se hablase en inmoralidad. El argumento que utilizan frente a las fechorías de sus contrarios políticos no es otro que la sacrosanta constitución. Todavía no sabemos si lo que pretenden hacer con la constitución es tirársela a la cabeza a Otegui o, por el contrario, poner a Margallo a leer uno por uno los artículos de la carta magna a los diputados de SUMAR hasta que éstos terminen sucumbiendo al soporífero espectáculo y claudiquen en sus aspiraciones.


Constitución española en un altar. Imagen generada por IA

El problema principal de la derecha española es la carencia absoluta de una meta social hacia la que dirigirse, la no tenencia de una idea, de un modelo concreto por el que luchar que implique y suponga la defensa con denuedo de unos valores concretos de los que no pasa nada por sentirse orgulloso. Los números están muy bien, los informes económicos y las gráficas bursátiles de colores son fantásticas, pero alguien debe preguntarse por una vez dentro de la derecha qué puñetas pasa con la moral. Si tu contrincante político no tiene pudor alguno para desarrollar sus ambiciones y carece de cualquier atisbo de sensatez, ¿es suficiente un libro jurídico para defender todo aquello en lo que dices creer? Quizás y sólo quizás, ese problema que tiene la derecha para incluir en su particular guía de acción una serie de valores y creencias sociales y limitarlo –precisamente– a números y gestión, tenga algo que ver con su concepción particular del mundo en la que la moral puede separarse de todo lo demás.


Hace un par de semanas, en la tertulia de “En Libertad” –el programa a cargo de Jano García en ViOne Media– mi admirado Daniel De Fernando hizo una fantástica precisión que me veo en la ineludible obligación de citar aquí de manera literal si de lo que hablamos es de la necesidad de que la derecha incorpore algo más que economía a sus discursos: “Creo que nunca nadie tendría que examinar nada al margen de la moral (…) Uno no puede pretender, como pretende toda la filosofía moderna, separar la moral de todo lo demás, porque la moral tiene que ser como una especie de paraguas que lo abarque todo”. Este es el problema que tiene la actual derecha española, la negativa –sea deliberada y consciente o sea accidental y sin mala fe– e incapacidad para aunar una propuesta económica con una propuesta social sin que ambas existan sólo en “compartimentos estancos” o, peor aún, que ni tan siquiera existan.


La calificación izquierda y derecha, por lo tanto y como hemos visto, ha muerto. Ahora nos encontramos frente a un panorama político en el que la izquierda nacional se ha convertido en un producto más del sistema capitalista que tanto han criticado y con el que ha establecido una relación simbiótica en la que ambos se necesitan, unos para lograr sus aspiraciones personales de poder y otros para seguir deshumanizando el mundo a golpe de mercantilismo e intereses económicos. La derecha, por su parte, se presenta como una inane creación más próxima a una calculadora humana que a un grupo de personas que tienen una visión del mundo, de la sociedad y de cómo han de guiarse nuestros actos que debe ser defendida, quizás esperando que así, la izquierda tenga algo de conmiseración hacia ellos y no sean sentenciados como fachas.

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