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¿En qué idioma habla la ultraderecha?

El tabú de votar a la extrema derecha está dejando progresivamente de estar en vigor por todo el continente europeo. ¿Cómo es posible que olvidemos tan fácilmente?

La victoria del partido Hermanos de Italia en las últimas elecciones legislativas italianas ha puesto de nuevo el foco sobre la creciente aceptación social que reciben los partidos ultraderechistas, conservadores y nacionalistas por toda Europa. Pero no todo el electorado de derecha que votó a los Hermanos de Italia muestra adhesión al mencionado “posfascismo”, sino que lo tratan como un partido tradicional.


De izquierda a derecha, Matteo Salvini (líder de La Liga), Silvio Berlusconi (de Forza Italia), Giorgia Meloni (de Hermanos de Italia) y Maurizio Lupi (del partido "Il Cavaliere"). Fuente: Roberto Monaldo, Lapresse.

La propia Giorgia Meloni, líder del partido, se esforzó en dar ciertas garantías sobre asuntos sociales y tranquilizar a los votantes. En cierta medida, los primeros pasos en su legislatura lo confirman: ha reafirmado su voluntad de controlar los déficits presupuestarios y respetar los tratados de la Unión Europea, comprometiéndose también con la democracia y su apoyo a Ucrania.


Ahora bien, en cuanto a los derechos de las mujeres, los inmigrantes o el colectivo LGTBI; en materia de justicia, educación y seguridad… La doble orientación estratégica resurge. La actual presidenta del Consejo de Ministros ha llamado a personalidades emblemáticas de la extrema derecha y neofascistas para ocupar ciertos cargos públicos y durante su mandato comunicó la negativa de acoger a los 234 inmigrantes que viajaban a bordo del Ocean Viking, bajo el pretexto de las “cargas residuales” que suponen los refugiados.


En general, definir las bases ideológicas de la ultraderecha resulta un asunto complicado. Entre los partidos que pueden adherirse a este término, a pesar de que no comparten un programa totalmente homogéneo, se encuentran Alternativa para Alemania, la Liga italiana, la Agrupación Nacional en Francia (antes el Frente Nacional), el Partido de la Libertad holandés, Vlaams Belang en Bélgica… y Vox, en nuestro país.


Según Cas Mudde, politólogo neerlandés, los atributos principales de esta familia política acostumbran ser el autoritarismo (tanto en el funcionamiento interno del partido como para la sociedad), el nativismo y la reclamación esencialista de las nacionalidades (lo cual deriva en doctrinas racistas) y el populismo como estrategia para antagonizar, en el seno de la sociedad, al pueblo frente a las élites (vistas como burocráticas y corruptas).


Pero además, algunas políticas que propugnan rozan la repulsión por el Estado de Bienestar, el antiprogresismo y el anti-igualitarismo. Su xenofobia, especialmente contra el mundo islámico, se manifiesta en las propuestas duras sobre lo identitario y lo securitario, es decir, contra la inmigración. Bajo la retórica del “chauvinismo del Estado de Bienestar” reivindican la teoría de la competencia por los recursos (todos hemos escuchado decir que los inmigrantes nos quitan el trabajo) y apelan incluso a la integridad física de las minorías.


Este último es el caso de Marine Le Pen, candidata a la presidencia francesa en las elecciones de este mismo año. Su partido, la Agrupación Nacional, se declara “derecha moderada” (aunque para los especialistas entra en la categoría de extrema derecha). La paradoja que presenta es que, según los datos, uno de cada tres homosexuales franceses votó a esta candidata.


Esto se debe, en parte, a que su objetivo principal se centra en reducir y eliminar la comunidad musulmana e inmigrante del país y precisamente, en palabras de los líderes del que solía llamarse Frente Nacional, “las personas LGBTI están mucho más preocupadas por ser atacadas por musulmanes en la calle” (en referencia a la intención de Le Pen de derogar el matrimonio entre personas del mismo sexo).


Según Michael Segalov, periodista freelance, tanto en Francia como en Gran Bretaña (y progresivamente en otros países) la derecha intenta enfrentar a los gays blancos contra otras identidades marginadas, induciéndoles a pensar (equivocadamente) que les quieren arrebatar sus derechos civiles. Este fenómeno es conocido como "homonacionalismo", antepone la seguridad a los avances sociales y ha estado latente también en las elecciones estadounidenses y neerlandesas (personificado en Donald Trump y Pim Fortuyn, respectivamente).


De izquierda a derecha: Pim Fortuyn, Donald Trump y Marine Le Pen. Fuentes: IMDb, Magnet y NBC News.

Este caso constituye una pequeña parte de la respuesta a la pregunta planteada inicialmente: “¿cómo es posible que votar a la ultraderecha esté dejando de ser un tabú en nuestra sociedad?” Este fenómeno no es repentino e inesperado, sino que viene siendo anunciado desde hace décadas. Pero las tres primeras olas de la ultraderecha en Europa (que se suceden desde 1945 hasta los 2000) se diferencian de la actual en que, si bien antes se manifestaba en pequeños partidos marginalizados, ahora sí está logrando calar en la sociedad y proclamarse ganadora de las elecciones.


La crisis migratoria de 2015, el proceso de integración europeo, el poco crecimiento económico y la desconfianza hacia las instituciones (entre otros factores) han conducido a una exponencial normalización de esta ideología y su entrada en un gran número de gobiernos europeos. Pero sus principios suponen una amenaza para la democracia: la xenofobia, el populismo, el rechazo a las minorías y el euroescepticismo implican un grave retraso en materia de derechos sociales.


Porcentaje de diputados en la Cámara Baja de los partidos de extrema derecha en Europa (con datos del 30 de abril de 2019). Fuente: Investigación Statista.

Todo esto sucede, por supuesto, mediante la vía plebiscitaria (pues los líderes resultan elegidos democráticamente) pero es preciso tener en cuenta el peligro que suponen las victorias de ideologías extremistas a la hora de dar pie a regímenes autoritarios (como es el caso de Putin en Rusia).


Las dinámicas de erosión que llevan a cabo desde el poder, sus discursos anti-todo y sus ataques a los medios de comunicación, las ONGs o los partidos rivales deberían resultar una alarma más que suficiente para despertar la memoria histórica de los europeos y prevenirnos de tropezar dos veces con la misma piedra.

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