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La amnistía es 'cosa de ricos'

El establecimiento de prioridades cobra fuerza en redes como motivo para 'no preocuparse de ella'


Cuando Vladímir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin, dijo aquella famosa frase de "hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas" no lo tenía en mente pero, sin saberlo, estaba describiendo la situación de España desde 2011 hasta la más reciente actualidad. Desde la "muerte" del bipartidismo, a la pandemia mundial pasando por la primera moción de censura exitosa, los últimos años de la historia política de España se podrían resumir en muchas palabras, pero ninguna de ellas sería ausencia de eventos o serenidad.


Montaje de Puigdemont y protestas del 1-O. Fuente: OkDiario

Y en todo este contexto, el destino, caprichoso de nuevo, quiso darle a nuestra historia un nuevo giro de guión más propio de un thiller político estadounidense de muchas temporadas que de la vida cotidiana, pero que ha pasado a ser la nuestra. Tras una importante derrota en las elecciones municipales y autonómicas, el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decidió convocar elecciones y, para sorpresa de todos, acabó con opciones de revalidar ese gobierno que tan castigado había sido en las urnas solo tres meses antes.


Pero no íbamos a arriesgarnos a tener una temporada aburrida, por lo que los guionistas decidieron que había que introducir un elemento que diese vida a esta "nueva temporada": la amnistía.


Desde que esta ha entrado en juego, lo cierto es que España vive uno de los momentos más críticos en términos democráticos de nuestra historia reciente. El relato de las dos Españas -la defensora de la amnistía y la crítica- ha vuelto a escena con fuerza. No deja de ser curioso que en el tiempo en el que la presencia de dos únicos partidos en el parlamento nos parece ya un recuerdo lejano, más parecen muchos dirigentes empeñados en hacernos ver a España como una realidad bilateral en la que estás con él o contra él, en la que adoptas todos sus preceptos y visión del momento o automáticamente pasas a ser sospechoso de simpatizar con el contrario.


El argumento de quienes critican la amnistía ya es conocido por todos: peligro del Estado de Derecho. Es igualmente sorprendente que muchos que lo creen firmemente opten por estrategias para "contratacar" como el señalamiento a diputados mediante carteles o pintadas amenazantes en sedes de partidos, más propios de un estado dictatorial del siglo XX que de un país democrático. Si España no es una realidad dual, aún menos lo es el Estado de Derecho, y si para "defenderlo" lo pisoteas, quizás no creas tan fervientemente en lo que se supone que estás defendiendo.



Carteles de diputados socialistas. Fuente: La Razón

Pero del otro lado -los defensores de la amnistía- sí hay un argumento que ha cogido fuerza en las redes sociales es el de las prioridades. En concreto, muchos señalaban que "a la gente corriente no le preocupa la amnistía porque están preocupados por poder pagar su vivienda o llegar a fin de mes". En cierto sentido no es un argumento profundamente erróneo: la política en España hace mucho que dejó de tener el foco únicamente en resolver los problemas de la gente y se convirtió en ocasiones en un problema más. Hay quien dice que es complicado explicar el bajo interés por la política de muchos ciudadanos, pero cuando apenas puedes pagar un alquiler y al encender la tele ves que los debates se alejan mucho de la realidad que vives y que, de hecho, esta apenas se trata, la reacción más lógica es no esperar que vayan a llegarte muchas soluciones.


Sin embargo, este argumento tiene un matiz tan clasista como peligroso. Viene a asumir que las clases bajas solo pueden preocuparse de sus preocupaciones más elementales; que un obrero no puede preocuparse por cuestiones tan 'abstractas' como la democracia o el Estado de Derecho porque "suficiente tiene con preocuparse por cómo va a pagar el alquiler". Supone que un obrero debe "dejar esta cuestión en manos de los que saben" porque "él no tiene tiempo para eso", y "si lo tiene es que no será tan obrero".


Es en cualquier caso un arma de doble filo: si aceptamos el argumento de que "un obrero no tiene tiempo para preocuparse por la amnistía", de seguro no la criticará, pero tampoco dedicará su tiempo a apoyarla, ¿en qué posición de legitimidad queda entonces el partido que la defienda?


Protesta contra la amnistía. Fuente: La Verdad

Es triste aceptar que alguien se autodenomine de izquierdas y crea de verdad en el argumento de que "los pobres no se preocupan por la democracia", porque supone ver que se ha olvidado de los militares republicanos que en muchos casos abandonaron sus precarios trabajos para defender la República. Aceptar este argumento, obvia a todos aquellos ancianos que vivieron la Guerra Civil y que, emocionados, acudieron por primera vez a las urnas después de la dictadura en 1977, con el brillo en los ojos de quien sabe que se avecinan tiempos de esperanza.


Esos ancianos, que salen en los reportajes de la época protegiendo su papeleta casi a costa de su integridad, asegurándose de que no se viera a quien votaban por el miedo a lo que pudiese pasar después, afirmaban a quienes se paraban a escucharlos que se sentían tremendamente felices porque si bien no tenían mucho más allá de su casa en el campo y unos pocos ahorros, ahora tenían algo que les pertenecía tanto a ellos como al resto: una democracia, una oportunidad de colocar a "los suyos" en puestos de responsabilidad, una opción de ser parte de las tomas de decisiones del poder político. Esa gente no tenía mucho más allá de la esperanza por cambiar las cosas.


Es por ello que no debería uno extrañarse si ve a gente humilde defendiendo el estado de derecho si lo considera en peligro, con independencia de si el que lo ve cree que realmente lo esté o no. Porque lo contrario es iniciar el peligroso camino de asumir que la amnistía -y, en consonancia, preocuparse por toda la esfera política- es cosa de ricos.

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