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La Siberia española

Hay un lugar situado en el corazón de la Península Ibérica que registra una despoblación mayor y unas temperaturas parecidas a las de la región rusa de Siberia: se trata de un triángulo situado en la intersección entre Guadalajara, Teruel, Zaragoza y Soria. Sus características únicas hacen que la vida en esta región sea cada vez más insostenible

Cada invierno, la localidad guadalajareña de Molina de Aragón se convierte en noticia por registrar las temperaturas mínimas de todo el país. En 2021, este municipio alcanzó los 25 grados bajo cero una fría noche de enero. Como en este lugar, los habitantes de Sigüenza, Calamocha y Teruel también sufren anualmente en sus carnes los efectos de este frío glacial, superando los veinte grados bajo cero.


Pero estas zonas no solo comparten clima, sino también otra característica, que preocupa más a quienes en ella residen: la despoblación. En la zona en la que convergen las provincias de Soria, Zaragoza, Teruel y Guadalajara, la media de habitantes por kilómetro cuadrado es de tres personas, siendo en algunos lugares de 1,6. Comparándolas con la media nacional, situada en 94 habitantes por kilómetro cuadrado, las cifras resultan inusualmente bajas. Tanto es así, que la combinación entre el frío glacial y la despoblación ha hecho que los medios bauticen a la zona como la “Siberia española”.


Estampa típica de la localidad de Calamocha en invierno. Fuente: El Heraldo


El diario británico The Guardian le dedicó un reportaje fotográfico en 2015, resaltando el envejecimiento de la población. Lo cierto es que la emigración es un problema acuciante de la zona, puesto que cada vez más jóvenes abandonan sus localidades debido a la falta de oportunidades en educación y empleo y se establecen en capitales cercanas, como Madrid, Guadalajara o Zaragoza.


En los años cincuenta, la mayoría de localidades pequeñas como Anquela del Ducado, Selas, o Villar de Cobeta (hoy en día prácticamente inhabitadas en invierno) contaban cada una con su propia escuela. Actualmente, toda la comarca depende del único instituto de la zona, situado en Molina de Aragón. De la última promoción del IES Blanca de Molina, solo tres jóvenes no se trasladaron fuera de la comarca tras acabar sus estudios de bachillerato. Esto comienza a ser una tónica habitual también en otros centros de Teruel y Soria. Tras estudiar en las capitales, los jóvenes no suelen volver a su localidad de origen y estos pueblos se están comenzando a quedar sin población activa que pueda cubrir las necesidades de su envejecida población.

La antigua escuela de mujeres de Anquela del Ducado se ha reconvertido en un centro social en el que se reúnen las pocas ancianas que viven allí todo el año. Fuente: El País


En la mayoría de pueblos de la zona, que tienen una media de 27 habitantes censados, aunque muchos menos en la práctica, la enfermera encargada pasa consulta una vez a la semana en invierno. Es decir, los médicos trabajan en el centro médico de Molina de Aragón, y quienes requieren de sus servicios se deben trasladar hasta allí. El caso de las urgencias es incluso más complejo: cuando se colapsan las precarias carreteras debido a las intensas lluvias y granizadas, es prácticamente imposible que el paciente, normalmente de edad avanzada, llegue a tiempo hasta la capital de la comarca.


El mal estado de las carreteras dificulta el tráfico en casos de urgencia

Los habitantes de esta zona cuentan, además, con un profundo sentimiento católico. Por ello, los párrocos se desplazan cada domingo hasta todas las localidades, muchas veces llegando a oficiar más de seis eucaristías en un solo día. Pero además, se requiere de ellos otros servicios, como confesiones o celebraciones. Sin embargo, no pueden realizar todas estas funciones debido a una limitación física del tiempo, por lo que los habitantes de estos pueblos no cuentan ni siquiera con un acompañamiento espiritual que muchas veces necesitan para seguir adelante.


Añadida a estas limitaciones, los habitantes de la Siberia española se encuentran actualmente con otra dificultad que les impacta más directamente. La mayoría de ellos se dedican al (o dependen del) sector primario, principalmente a la agricultura, la ganadería y la apicultura. La inflación y las restricciones impuestas a los productores dificultan mucho la rentabilidad de estas tareas, impidiendo a estos ciudadanos mantener un nivel de vida adecuado. La mayoría, especialmente los ganaderos, trabajan todos los días del año durante un tiempo mucho mayor al legalmente permitido y, sin embargo, cuentan con rentas mucho menores a los empleados del sector servicios.


Adicionalmente, el duro trabajo físico que implica estas tareas tiene consecuencias directas sobre la salud de estos trabajadores, que deben soportar frío intolerable, largas caminatas y riesgo de exposición a químicos tóxicos. Por ello, a principios de 2022 tuvo lugar en Madrid una manifestación a la que acudieron más de 15.000 trabajadores dedicados al campo, reclamando una mayor visibilidad.


"Cani", el ganadero asentado en Cobeta, inmortalizado por David Ramos para The Guardian (2015)

Con este pronóstico, no es difícil intuir por qué cada vez más jóvenes huyen de esta zona, caracterizada por la precariedad en los servicios y en el entorno laboral. Por ello, es necesario impulsar desde las instituciones regionales o estatales un plan de revitalización de la zona, para evitar un mayor declive en la calidad de vida de sus ciudadanos y para demostrar un mayor reconocimiento al trabajo de estos. Pero, sobre todo, para no crear una brecha entre los habitantes urbanos y rurales, puesto que ambos contribuyen al Estado de bienestar y, por ende, ambos tienen derecho a ser amparados por él.


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