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Las 37,5: Aleteos de una pecera en discordia

Se anuncia la reducción laboral sobre la que algunos sectores todavía se sitúan en contra. ¿Hemos perdido el consenso?

A un lado, bucean en cólera cientos de peces azulados. Al otro, las miradas de algún salmón estupefacto que no comprende su enfado y otros tantos que lo replican. Así son las calles de España desde hace algún tiempo, crispación, enfrentamiento, que si bien situamos ajeno a nuestra persona, a todos nos concierne.


Cualquier debate, por supuesto, con su eje central, sus argumentos y sus conclusiones dispares (casi siempre). Hay a nuestro alrededor tantos brazos cruzados que bien podríamos ser partícipes de algún wéstern de esos que se ruedan al sur de Almería. Y como los humanos en ocasiones damos para poco, vuelvo a las aguas de aquel acuario.


Los llaman Paracanthurus hepatus, a los azulados, que siempre a algo nos recuerdan. De memoria corta en ocasiones y "aletear" lento. Al salmón ya se le reconoce en todas partes, un incansable nadador, amante del caudal del río e incluso trepador de corrientes. También tendrá sus defectos - como todo pez que se precie.


Pues bien, como decía, ambos en el acuario llevan días peleando por el tipo de comida. Se les ha dado a elegir entre los típicos pellets que algo suelen ensuciar o los botes de alimentación por escamas de alguna marca americana. Pero no viene al caso porque hoy ha surgido un nuevo debate entre los cristales de la sala de exposiciones.


Algún jefazo del zoo ha tenido la idea de ampliar el horario de visitas en una hora. Y claro, los salmones se han negado en rotundo. ¿Qué clase de abuso de poder es ese? Sus azulados colegas de profesión, sin embargo, temen que puedan cerrar el acuario. O que los jefazos estén tristes. Pobre de ellos.

Dos peces se observan atentamente. Fuente: DALL-E 2

Nunca me enteré de cómo acababa esta historia, la leí en algún libro vanguardista de cuyo nombre no quiero acordarme. Sin embargo, el martes pasado, cuando encendí el móvil y tras leer un par de tuits desperdigados se me vino a la mente todo este entramado de peces y peceras.


La noticia cubría todos los diarios pequeños y los medios de renombre. El Partido Socialista y Sumar anunciaban un nuevo acuerdo programático para renovar el gobierno de coalición. Sus dos cabezas frente a las cámaras, tinta en mano y de expresión satisfecha, hacían públicos algunos de los acuerdos del pacto en cuestión. Los leí quizá demasiado rápido como para fijarme en detalle en su contenido, pero sin duda hubo un punto que saltó a la luz como una buena noticia. Se anunciaba la reducción de la jornada laboral máxima a 37 horas y media (de cara a 2025).


Para contextualizar la situación, cabe recordar que España fue también partícipe de aquellas jornadas casi en régimen de esclavitud tan comunes durante la revolución industrial y que no fue hasta 1919, con la huelga de La Canadiense cuando se instauró por decreto la jornada laboral de ocho horas. Esas 48 horas semanales y un día de descanso acabaron evolucionando a la Ley 4/1983 sobre regulación de la jornada máxima: nadie trabajaría más de 40 horas semanales. Y como suele pasar en esta España a veces tan arcaica, a pesar de ochentero, aquel convenio sigue hoy vigente.


Total, que rebajar la jornada laboral a 37 horas y media me parecía sin duda una medida que todo pez que se valga vería como algo positivo. Eso pensé al salir de Twitter. Y no porque pudiera ser tomada como medida populista, sino porque ya hay muchos estudios que apuntan a sus beneficios (mismamente en Valencia se llevó uno a cabo a principios de este año). Pero claro, al enterarse de la noticia, a los jefes del zoo no les hizo mucha gracia. Sí, o sea, a los cuatro empresarios de turno. Reducir la jornada y mantener el salario significa "perder pasta", hablando mal.


Y aquí entran en juego aquellos peces irritados que hacían de la pecera un lugar turbulento y lleno de corrientes. A pesar de ser también claros ganadores de una medida de este estilo, comienzan a aletear casi por acto reflejo. Y la polémica está servida.

Yolanda Díaz y Pedro Sánchez firman el acuerdo presentado el martes. Fotografía: José Luis Roca

Es claro que hay debates necesarios. La mayoría de temas provocan en la gente opiniones dispares y, por supuesto, deberíamos permitir y asegurar un clima de intercambio de ideas (siempre lejos del ataque y la descalificación). Como ejemplo, ese mismo día se ponía en cuestión el tema de la reducción de vuelos cortos, habiendo quien lo ve tarea difícil. Pero, ¿acaso no hay pasos adelante que todos deberíamos compartir? ¿No hay propuestas que se alejan de un ideario partidista? ¿Dónde ha quedado el consenso humanitario?



Es curioso como en la España en la que vivimos todo es de izquierdas o de derechas. Si apoyas solucionar la emergencia climática debes ser un comunista bolivariano. Lo mismo con la jornada de 37 horas y media. Y, sin embargo, parece una medida tan coherente para cualquiera si se nos entregara sin remitente. Pero en esta España, pareciera que ya tenemos opiniones de forma premeditada. Todo es cian o granate.


Porque sí, alcanzar objetivos como una hipotética jornada de 35 horas (que ya se ha puesto sobre la mesa de diálogos futuros) deberían ser grandes avances para el conjunto de la población. No solo lo dicen las decenas de estudios sobre el tema, sino el propio sentido común. Salir una hora antes del trabajo supone ganarle tiempo al sistema. Como alguien dijo una vez, supone alejarse un paso más del "vivir para trabajar" en favor del "trabajar para vivir".


Una hora menos significa llegar a casa para comer con tus hijos, poder sacar al perro antes de que se haga de noche, llegar a tiempo a la sesión de la nueva peli de Nolan... Significa sacar un rato más para vivir. Esa es la clave de que la medida funcione. Si vivimos más, somos más felices y, por tanto, también trabajamos con más ganas.


Sin embargo, en la pecera sigue habiendo revuelo. Los peces ya protestan por cualquier cosa y por ello cada vez se les da menos a elegir. Creo que si en esa historia hubieran liberado a todos los peces al mar, alguno se habría resistido. Solo por llevar la contraria. O por, inexplicablemente, hacer de secuaz de un jefazo al que nunca ha conocido. Ojalá solo fueran cosas de peces.

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