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El gran dilema de las películas históricas: ¿Libertad creativa o rigor histórico?

El estreno de Napoleón ha dividido a los espectadores por su poca exactitud histórica y su director, Ridley Scott, ha respondido a las críticas duramente


Joaquin Phoenix como Napoleon Bonaparte en la nueva película de Ridley Scott, Napoleon (2023). Fuente: Apple TV/Sony Pictures

La nueva película de Ridley Scott con Joaquin Phoenix, Napoleón (2023), ha sido objeto de crítica estos días por lo poco que se acerca el film a la verdadera historia del emperador. Tanto espectadores como historiadores han sido muy duros con el film del estadounidense, a lo que el director ha respondido con contundencia: "Búscate una vida". La polémica no solo ha enfrentado a los espectadores, sino que ha llegado a personalidades célebres como Arturo Pérez-Reverte, quien se ha pronunciado en contra del filme en un post de X: "Ayer vi la película. Para quien sepa poco sobre el personaje, puede resultar interesante. A quien lo conozca, la asombrosa ausencia de rigor histórico, político y militar puede parecerle, como a mí, un disparate indigno del hombre que dirigió la obra maestra Los duelistas". Toda la polémica suscitada en redes ha avivado un debate que no es la primera vez que surge alrededor del cine. El propio Ridley Scott obtuvo reproches en el 2000 con el estreno de Gladiator. Por ejemplo, mientras que en la vida real Marco Aurelio murió por una varicela, en la película es asesinado. Sin embargo, no es el único, pues el cine ha sido objeto de deformación de la realidad desde hace mucho tiempo. La base de toda película es el guion y un buen un guion debe ofrecer una historia atractiva para el público. A veces, los hechos históricos no son tan fáciles de representar ni tan dinámicos como para construir una historia interesante por sí sola. Es por ello por lo que asistimos constantemente a dramatizaciones y a conveniencias totalmente ficticias que, aunque pasan desapercibidas, no dejan ser elementos ficticios. Por ejemplo, William Wallace no era un campesino tal y como se muestra en Braveheart (1995) y Elliot Ness no fue quien llevó a Al Capone a tribunales, como ocurre en Los Intocables de Elliot Ness (1987). Todas estas cintas antes mencionadas son susceptibles de ser criticadas por la manera en la que tergiversan, pero ninguna de ellas es una mala película. Y no lo son porque saben contar bien su historia, que es lo que quiere el espectador, no la historia que aparece en las enciclopedias. Los errores históricos no indican que una película sea mala, aunque solo se hagan ver cuando la película es irregular.


Mel Gibson como William Wallace en la película dirigida por él mismo Braveheart (1995). Fuente: Paramount Pictures/ 20th Century Fox

En cualquier adaptación de una historia real es fundamental representar algunos elementos concretos. Es imposible concebir ciertos periodos de la historia sin sus personajes principales ni el contexto que hay alrededor. Esos elementos son intocables y todo cineasta estará de acuerdo en que deben aparecer en pantalla. La cuestión aquí se rige por los detalles. Estos pueden enriquecer el filme, pero a veces no es suficiente. De ahí que haya tantas modificaciones respecto a los hechos reales.


El éxito a la hora de hacer cambios en historias basadas en hechos reales reside en la inteligencia del guionista. Tomarse algunas licencias es lícito siempre y cuando se haga en beneficio de la trama de la película, pero si se desaprovecha el potencial de un acontecimiento realmente dramático, entonces esos cambios serán un tanto injustificados. Y si hay cambios, estos no deben sobrepasar la linea roja que divide lo verosímil de lo inverosímil.

Por lo tanto, el cine no tiene obligación de seguir unas pautas que se rijan por la exactitud histórica, ya que su objetivo, a diferencia de los documentales, no es mostrar un aspecto de la realidad. Su propósito es entretener u ofrecer un contenido de gran calidad artística. Es por ello por lo que los muchos cineastas le dan más valor a los elementos que proporcionan espectacularidad a sus películas que a la fidelidad historio-gráfica. Aunque el cine puede permitirse ciertas licencias, no por ello hay que considerarlo como fuente de desinformación. La posibilidad de diferenciar ficción y realidad está en nuestros conocimientos. Los cineastas no son historiadores ni divulgadores. Y aunque no conozcamos todos los datos históricos sobre un suceso, una época o personaje, todos contamos con la habilidad de ser escépticos. Es ese escepticismo lo que nos ayuda a disfrutar mejor el cine histórico. Por todo esto es bueno recordar que las películas buscan ser verosímiles, pero no siempre la verosimilitud implica verdad.

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