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Los pueblos, el subterfugio rural frente a la política

Agosto no es propiedad de la política ni de las negociaciones postelectorales. Agosto, en España, es el mes de las fiestas populares y de los patrones, es el mes de la gente
Fiestas populares en la plaza del pueblo. Fuente: MenZIG

Siempre se ha dicho que lo malo, por ruidoso, consigue trágicamente tapar lo bueno. Un tema controvertido consigue copar nuestra atención mientras olvidamos que alrededor hay un mundo que nos pide, en ocasiones, contemplación. Me pregunto si este último agosto ha sucedido algo parecido, si realmente hay salida a la lobotomía sistemática que provoca el monotema actual de las elecciones para sacar adelante la investidura. Resulta complejo lograr una impermeabilidad frente a las noticias. Pese a ser el mes elegido por excelencia por la mayoría de los españoles para disfrutar de sus vacaciones, la política, en su afán particular por ocuparlo todo y cuanto le sea posible, ha eclipsado la necesaria ociosidad del tiempo, el descanso matinal sobre la arena de la playa, la sensación de la brisa marina buscando los secretos de la costa y la pureza del retiro rural. De nuevo, política. ¡De nuevo!


Tras un julio "muy democrático", marchábamos al disfrute y al encuentro con nuestros seres queridos en los parajes elegidos por cada uno para cambiar de aires y nos siguen bombardeando con la misma munición de siempre. Decía Chesterton que “el único e imperdonable crimen del gobierno está en el hecho de que gobierne. El pecado imperdonable del poder supremo está en que es supremo”. Todo político aspira por tanto a ese poder y, como consecuencia, la política requiere desde su inaguantable narcisismo característico que se hable constantemente de ella. Lo que pasa es que a los políticos se les olvidan dos cuestiones. La primera es que nada humano es capaz de permanecer siempre en todo lugar y momento. La segunda es que, frente a su deseo compulsivo y enfermizo por habitarlo todo –incluso nuestras vacaciones–, el mes de agosto nos ofrece a los españoles un as en la manga: el Pueblo y sus fiestas.


Fiestas del mercado medieval de Puebla de Sanabria. Fuente: Turismo Sanabria

El Pueblo es una realidad indisociable de nuestro país que actúa como subterfugio frente a la política y sus rameras. Constituye un patrimonio común que persiste, pese a todo y con no pocas dificultades, en pleno siglo XXI. El español medio goza de un escondite último de tamaño irrisorio perdido en algún punto del mapa geográfico desde el que combatir contra la abrasante turra contemporánea, un recóndito y magnífico mundo en el que resistir de manera apacible a las impurezas de la modernidad. Esta impenetrable fortaleza de la cultura española asume con valor un papel fundamental para con cada uno de nosotros: la desintoxicación.


Uno se fija en la tenebrosa actualidad que describen sus señorías desde platós de televisión o desde la tribuna del Congreso – dos lugares que se han venido a convertir en el mismo pozo de sandeces – y se percata de la existencia de casi infinitos bandos enfrentados formados por los ciudadanos a los que sirven. Puede uno llegar a pensar que nos estamos adentrando de lleno en un infierno de violencia e ira entre compatriotas. ¡El caos! Cuando ello sucede y sucumbimos al catastrofismo, basta con poner un pie en Vega de Pas, Villafranca del Bierzo o en Galende para descubrir que, inexplicablemente, ¡se puede convivir!


Galende de Sanabria. Fuente: Ayuntamiento de Galende

España es, sin duda alguna, un país mejor gracias a sus pueblos, que actúan a modo de refugio. El pueblo y su vida, sus gentes y su funcionamiento recuperan del fondo de nuestro ser la inocencia del que abandona la casa dejando las puertas abiertas mientras marcha a la plaza para encontrarse con sus semejantes. Por eso es agosto el as en la manga que nos quedaba para este verano bañado en política, porque es el mes de las fiestas populares y los patrones, de las charangas y de las orquestas, de los bailes, de las gaitas y de un inalcanzable deseo por vivir y hacer vida en comunidad, porque si algo tienen los pueblos es que recuperan un mundo en el que la comunidad sigue teniendo valor, un mundo en el que se hace posible desarrollar nuestros proyectos en armonía con el resto, requiriéndose y necesitándose tanto individuo como comunidad, en dónde pertenecer a algo más grande que la estrecha pequeñez individual sea poco menos que un obsequio por el que sentirse agraciado.


Charanga por las calles de Eibar, País Vasco. Fuente: Wikipedia


El subterfugio rural representa una España que ha sido y, pese a todo, se resiste a dejar de ser; una España mejor en la que no hay nada políticamente correcto porque lo correcto poco o nada tiene que ver con la política. Una España costumbrista, que no atrasada, sino –precisamente – adelantada. Una España que no se resigna, que quiere ser cercana y alegre, que combate la adversidad con la esperanza puesta en un porvenir que arroja una oportunidad única, la de acoger a los que venimos de fuera generosamente para recordarnos lo sencillo que es a veces ser feliz si uno mira las cosas con un mínimo de perspectiva humana y se aleja del bullicio urbano o de la sordera autoinducida.


¿Cómo vamos a centrarnos en los desmanes de Feijóo y Sánchez teniendo un pueblo al que escapar? Pese a los desprecios constantes proferidos por los urbanitas, el pueblo, desnudo y desprovisto de armamento con el que desempeñar su función humanizadora, resiste solo y agónico evitando lo inevitable, intentando dificultar la intoxicación política. Cuando respiramos lejos de las ideologías, de los partidos y de los edificios oficiales, el pueblo consigue elevarse como símbolo de resistencia porque desecha todo lo innecesario de la ciudad, se aparta de los aderezos y las costuras artificiales y se presenta tan solo con lo imprescindible que somos incapaces de distinguir. Las plazas, las iglesias y las casas con fachadas rústicas son mucho más que todo eso, son lugares de encuentro dedicados al más noble fin, el consumo agradable del tiempo. Las charlas y los corros, auténtica cuna del parlamentarismo, nos muestran que hay lugar para las reuniones vecinales más allá de las juntas.


Tradicional charla a la fresca. Fuente: Diario de Cádiz

Todo el mundo entra en una armoniosa sintonía, un perfecto equilibrio consagrado por la magia rural de las orquestas y su música. Los del forro polar con la bandera de España bordada en el hombro cantan con absoluto e inmaculado empeño la letra del “Vals del Obrero”. Frente a ellos, con cierta camaradería, los de la sudadera con el símbolo antifascista en la pechera mueven alegremente sus gélidos pies al compás de Hombres G y su “Voy a pasármelo bien”. A la mañana siguiente, unos y otros se juntan para reír y compartir unas cervezas, precisamente, como miembros de algo que a todos, en mayor o menor medida, les concierne. Ya con eso uno se da cuenta de que los pueblos han hecho más por la convivencia de los españoles que cualquier político.


La destrucción de la distinción, ese hechizo unificador de las fiestas populares que permite congregar a gentes de todo tipo que, cuando regresan a sus respectivos lugares de residencia, son intoxicados de nuevo por el odio que se propaga constantemente desde las televisiones, redes sociales y, con igual o superior intensidad, desde el parlamento. El tiempo en que uno decide refugiarse en su pueblo parece aislarse por completo de todo ese abyecto mundo cotidiano que apenas deja respirar. Al tomar la decisión de pasar el mes de agosto en el pueblo uno lo que realmente está haciendo es determinar la marcha al retiro correspondiente y decantarse por la purga espiritual que le está permitida. Al pueblo se va a curar los odios de todo el año, a recuperar fuerzas robadas por nimiedades cotidianas y vaciar las toxinas ideológicas. Entonces, renovados de energía y cargados de bonhomía, retomar de nuevo la contienda.

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