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Un altar para la ley, por favor

¿Respeto a la ley? Sí. ¿Adoración y culto? Para lo divino, no para lo humano

¿Ley de los dioses o ley hecha Dios? Fuente: Desde la Fe

A lo largo de la historia, el hombre ha rendido culto a múltiples y muy variadas divinidades. Dioses de mil formas y con diferentes poderes han pasado por los altares de la humanidad y han sido destinarios de rezos y plegarias; motivo de rituales y celebraciones; e, incluso, han impulsado viles persecuciones con finales trágicos. Esas religiones y los preceptos o ideales que de ellas se desprenden han servido, también en muchas ocasiones, como manual de comportamiento o guía moral para fieles y no tan fieles. Sin embargo, a día de hoy, esos dioses místicos o de origen sobrenatural han pasado al ostracismo, la espiritualidad ha muerto y ha sido sustituida por una creación humana y, más pronto que tarde, necesitaremos un altar desde el que adorar a esta nueva deidad que es la Ley.


Cierto es que determinadas religiones —algunas mejor que otras— han ido marcando ese camino de lo correcto, confeccionando poco a poco una diferencia concreta entre el bien y el mal. Hasta hace relativamente poco, uno ya no necesitaba echar mano de estas creencias para saber qué comportamientos eran correctos en la sociedad y cuáles eran indeseables, pues bastaba con las convicciones personales que cada cual desplegase en torno a la idea del respeto íntegro hacia el proyecto de vida del prójimo y al conjunto de la comunidad. Sin embargo, en los últimos años, nos hemos adentrado en una creencia prácticamente ciega que se sustenta sobre la idea de que los actos son justificables solo y tan solo si la ley así lo recoge o, al menos, si no lo prohíbe expresamente. Es la ley la que dictamina lo correcto y lo condenable, y el mero hecho de que una conducta esté contemplada en un texto legal la convierte en un acto que rebosa de nobleza y bondad a caudales.


¿La ley es el justificante de todo? Fuente: Dexia Abogados.

Nadie niega que el respeto a la ley está muy bien, tampoco estas líneas pretenden hacer un llamamiento a la ilegalidad colectiva. El problema no es otro que la necesidad sin medida y la dependencia que tenemos de la ley para justificar todas y cada una de las actitudes o comportamientos humanos. Hemos sustituido los valores, ideales o convicciones personales que nos permitían determinar, sin necesidad de texto jurídico alguno, cuando algo estaba bien o mal y, ahora, esta calificación depende únicamente de lo que diga un legislador que, para quien se haya olvidado, es siempre un político. De esta manera, si una fechoría repugnante es permitida mediante un decreto o una ley aprobada en el Congreso, esa barbaridad que debiera de ser rechazada por todos torna de inmediato en un acto admisible por la sociedad. Hemos perdido la capacidad de decir: “oigan, puede que esto esté contemplado en la ley, pero eso no implica que sea bueno”.


Cuando se nos presenta un debate acerca de la naturaleza de un acontecimiento o suceso, no podemos limitarnos al análisis basado en el razonamiento de “si está en la ley, adelante”. Es más, ese no tiene que ser el planteamiento. La ley y los códigos, para los juristas. Uno debe reconocer que hay leyes naturales que, aunque no estén recogidas por escrito en ningún papel, existen. En la mayoría de los casos, no es necesario que los actos que atenten contra la vida o la libertad individual estén penados para que uno no vaya matando a la gente por ahí, simplemente, porque entiende que resquebrajar a tiros a alguien no es lo correcto, con independencia de lo que ponga en el Título I del Código Penal. Un acto no es bueno o malo en sí porque una ley lo admita o no lo prohíba expresamente, sino por los efectos y consecuencias que de él se desprenden; entre otras cosas, porque entonces un puñado de políticos tendría la potestad para decidir a su antojo qué moral debemos tener en cada momento.


Por ejemplo, si el Gobierno quiere que se produzca una amnistía entonces habrá amnistía, ya desplegarán el armamento legislativo pertinente para conseguirlo. Eso sin contar con que, en última instancia, la consideración de inconstitucionalidad sobre el asunto depende de un Tribunal Constitucional prostituido, precisamente, al poder político. ¿Debemos entonces creer que la amnistía es correcta? Pues que cada uno llegue a su propia conclusión, naturalmente; pero que lo haga no por lo que diga una ley o un tribunal, sino a partir de sus convicciones personales y valores.


El ejercicio de la potestad legislativa del Estado corresponde a las Cortes Generales. Fuente: Congreso de los Diputados

Con este culto a la ley lo que se pretende realmente es acabar con lo correcto, con la verdad y con el deber hacer, y quieren que todo esto dependa, siempre y bajo cualquier circunstancia, de una ley que califique los actos sin atender a una moral concreta. ¿Es necesario una ley contra el racismo para saber que el desprecio al prójimo por su color de piel es una conducta aberrante? Ya tenemos un Código Penal que castiga los delitos de odio, no necesitamos empacharnos con textos legales por cada cosa que se le antoje a un político. La ley no tiene que ser la encargada de anunciar antes que nadie cuando algo está bien o está mal, sino que esa calificación debe darse con posterioridad y que la norma sea una consecuencia de la creencia humana, dotando así de sentido jurídico a una convicción social, usando precisamente el texto legal como instrumento para tal fin.


La norma es solo la confirmación de que algo es bueno o deseable porque reporta un bien a la comunidad o al individuo, y no al revés. Hemos creado un falso culto a la ley y la hemos convertido en el nuevo dios de nuestro tiempo, una divinidad contra la que no se puede ir porque, por muy disparatado que sea un acto, si la ley lo permite entonces se puede presumir como correcto o, ¿no querrá usted ir contra la ley? Más le vale que no. ¿Respeto a la ley? Sí. ¿Adoración y culto? Para lo divino, no para lo humano.

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