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Un Nobel de la Paz y el comienzo de una guerra

Etiopía contra Tigray, una guerra civil que no atisba un final. ¿Estamos viviendo una paradoja moderna en la que la paz lleva a la guerra?

El país gobernado por un primer ministro ganador del Premio Nobel de la Paz en 2019 no puede alejarse más de la estabilidad asociada con la palabra "paz". Tras salir de un período de derechos civiles suspendidos, el nuevo gobierno de Abiy Ahmed inició una reorganización del gobierno nacional (contra las peticiones de sus socios políticos), que ponía en peligro la independencia de las regiones etíopes. Etiopía, constando de 10 regiones y 2 ciudades marcadas por la división étnica, contaba con un sistema federal que servía como garantía de cierta independencia para los distintos territorios.


Primer ministro de Etiopía Abiy Ahmed. Fuente: National Geographic

La región de Tigray fue la primera en revelarse, llevando a cabo elecciones parlamentarias calificadas de ilegales. El ganador, aunque considerado ilegitimo por el gabinete del primer ministro. En 2020 las tensiones entre el gobierno regional y el federal culminaron en combate armado, estallando así la guerra.


Un hombre galardonado por la búsqueda de concordia se encontró en el ojo de un huracán con miles de muertes que continúa en la actualidad. Los saqueos, masacres y la violencia sexual caracterizan la Etiopía de 2022 sin recibir la atención y solidaridad de Occidente.


Se ha desencadenado una crisis de refugiados huyendo dirección Sudán en lo que las Naciones Unidas ha calificado como el peor éxodo de refugiados que el país ha visto en 2 décadas. En 2020 las cifras superaban los 40.000 solicitantes de asilo.


Crisis humanitaria en Etiopía. Fuente: UNHCR ACNUR

“No sabíamos qué estaba pasando cuando escuchamos los disparos. Muchas personas fueron asesinadas: vimos entre diez y veinte cuerpos tirados. En ese momento decidimos huir. Caminé hasta que me lastimé y sangré de las piernas. Por fortuna, aquí estamos a salvo y tenemos qué comer”. Gannite, mujer etíope refugiada que llegó a Sudán tras huir de los enfrentamientos en la Región de Tigray. (fuente: UNHCR ACNUR)


Nueve millones de damnificados por una guerra civil plagada de crímenes contra la humanidad. Esta situación se agrava por una ayuda humanitaria sin autorización para la entrada en la región de Tigray donde solo llegan un 13% de los suministros. En noviembre de 2021 la ONU calculó que hasta finales de diciembre se requería un total de 1.062 millones de euros en gasto de ayuda humanitaria en Etiopía, de los cuales tan solo se habían movilizado 543 millones en el norte (309 en Tigray).


A la falta de recursos se añade la hostilidad del gobierno "pacifista", el cual fue responsable de los asesinatos de 3 médicos sin fronteras trabajando en Tigray, y el arresto de 16 miembros del personal local de la ONU. Resulta un tanto paradójico encontrarse en una situación tan precaria habiendo depositado confianza en un gobierno que se presentaba como una oportunidad de estabilidad y desarrollo. El verse envuelto en una confrontación por reclamar independencia y control sobre sectores afectando a la vida cotidiana, y que sea esa reivindicación la que elimina los recursos necesarios para tomar dichas decisiones y suprime derechos y libertades protegidas bajo el paraguas de los derechos humanos.


Somos muy rápidos cuando se trata de buscar recibir lo que consideramos que merecemos, sin embargo, olvidamos a la misma velocidad que los conflictos no terminan, y que la ayuda humanitaria y el apoyo requieren tiempo y constancia.


Podemos concluir que 2022 es un año de conflictos. Tras conocer esta situación, cabe preguntarse ¿estamos viviendo una paradoja moderna en la que la paz (representada por Abiy) lleva a la guerra? ¿Será el próximo año, al que miramos esperanzados, el que traerá una reestructuración sistémica y el desenlace diplomático de este conflicto, culminando en una mejora global de las condiciones de vida de los etíopes?



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