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Una vieja historia contada de nuevo

La semana pasada propusimos a nuestres atenienses escribir un relato inspirándose en cuentos e historias de nuestra infancia

Los cuentos de hadas tradicionales tienen una y mil versiones, con un millar de variaciones entre ellas. Es por esto, que en Atenea decidimos tomar las riendas y escribir nuestras propias interpretaciones de estas historias.


El primer texto viene de la mano de Sara Sempere. Inspirada por la fábula de La liebre y la tortuga, su relato va más allá de la carrera.


Ilustración de la fábula de La liebre y la tortuga. Fuente: Arthur Rackham

Los focos iluminan la pista en un fogonazo de luz, el público se vuelve loco. La marea de gente grita su nombre, lo alaban, le suplican, le alimentan. Pero la mente de Aquiles está en otra parte, muy muy lejos de la pista. No. No está lejos, está ahí, dentro de él, en su cabeza. Pero parece hundirse cada vez más y más hondo hasta el punto en el que se convierte en una pequeña mota de polvo dentro de la habitación hueca en la que se convierte su cabeza.


Como un latigazo, Aquiles vuelve al mundo real para darse cuenta de que sus piernas se están moviendo. No sabe cómo ni por qué, su memoria muscular hace todo el trabajo por él. Mira a su alrededor y ve a su contrincante. ¿Qué tiene de especial? Nada, es igual a todos los pobres inútiles a los que Aquiles ya ha aplastado con sus deportivas. Entonces, ¿por qué parece ir más rápido que él? Aquiles ve cómo la pista se desliza debajo de sus pies como si alguien estuviera tirando de ella.


Lo que sí le llamó la atención fue su entrenador. Un hombre que parecía no haber salido de su casa, y mucho menos a correr desde hacía 30 años. Una ridícula barba blanca, ridículamente larga colgaba de su cara y vestido como un vagabundo se encorvaba hablando al oído de su contrincante antes de empezar la carrera. Aquiles por muy rápido que fuera no pudo esquivar la mirada de aquel anciano, aunque hubiera querido. Cuando sus ojos se encontraron, Aquiles palideció sintiendo el vértigo agazapándose a su cuerpo, primero a su estómago y después a su garganta. Y después, nada. El abismo.


Aquiles miró hacia abajo; sus pies corrían, pero el mundo parecía quedarse quieto. Recordó lo que su entrenador le había dicho cuando apenas llenaba las zapatillas: “Un pie detrás del otro, lo más rápido que puedas”. Y aún así, el mundo parecía contener la respiración. Un metro, se dijo a sí mismo, sólo un metro. Divide y vencerás. Una idea empezó a crecer dentro de su cabeza. Primero avanzaría medio metro y después el otro medio. Pero, primero tendría que llegar hasta la mitad del medio metro para llegar. Y entonces se dio cuenta de que nunca llegaría a la mitad del medio metro si no recorría la mitad del medio metro si no recorría la mitad del medio metro, por lo que dividió la mitad de la mitad del medio del medio metro.


La realidad empezó a estirarse en todas partes como una goma. Todo aquello que existía se expandía hasta abarcarlo todo. Aquiles sentía empequeñecer ante esta visión. No podía mirar a ninguna parte sin perderse en la infinitud de todas las partes que lo componían. Con una exhalación, dio un paso adelante y cayó al vacío.



Continuamos con un texto de Jaume Cortès. En este relato, Pedro y el lobo toma un giro siniestro al más puro estilo del terror surrealista.



Ilustración de Pedro y el lobo. Fuente: Francis Barlow

El primer día me viste cuando yo no estaba allí. Y corriste desesperado a avisar al pueblo. Pero yo no estaba allí. Y te regañaron y se rieron. “Otra de las bromas de Pedrito”, decían, sacudiendo las cabezas entre murmullos. Pensaste que habría sido un montón de hojas, o una roca distorsionada por la penumbra del bosque. Pero esa noche te sacudiste en sueños, temblando de miedo ante la cara que no viste.


El segundo día me oíste cuando no dije nada. Pensaste que habría sido el viento, aullando entre los árboles. Pero, entonces, me viste corriendo por el bosque con patas que no tenía. Oíste las hojas crujir bajo mi inerte paso. Y corriste desesperado a avisar al pueblo. Y suplicaste para que te creyeran, aseguraste que esta vez era verdad. Pero yo no estaba allí. Y te regañaron, y se enfadaron, las risas afables totalmente desaparecidas. Te llamaron nombres y te amenazaron si esto volviera a suceder. Y tú juraste que me viste, que me oíste correr por el bosque y aullarle al sol. Pero eso era imposible porque yo no estaba allí, no tenía piernas y no dijiste nada. Te convencieron de que no habías visto nada, aunque sí lo habías visto. Pero esa noche te retorciste, escuchando una voz que no existe. Y esa noche te despertaste, con sangre brotando de tu garganta desde un corte que no estaba allí.


El tercer día me sentiste respirarte en la nuca, con un aliento inexistente. Pensaste que un bicho te habría rozado el cuello, pero no te lo creíste. Finalmente, te giraste cuando te mordí la pierna con la boca que no tengo. Entonces, me oíste gruñir con una voz que no es voz. Y viste mi forma, que no es forma, cuando yo no estaba allí. Y cojeaste colina abajo, desesperado, para avisar al pueblo. Pero el pueblo no te oyó. No te creyó. Y juraste que no era como las otras veces, que esta era de verdad y que te había mordido. Y enseñaste una herida que no estaba allí. Te miraron con preocupación y con decepción. Te dieron la espalda. Andaste colina arriba, intentando convencerte de que no era nada, de que estabas nervioso y mal descansado. Pero no lo conseguiste. Porque sabías lo que habías visto, oído, sentido. Esa noche te revolviste en sueños, viendo las ovejas que no tenías ser devoradas por mí, que no existo. Y esa noche te despertaste, tosiendo sangre y con un arañazo en la tripa hecho con garras que no tengo.


El cuarto día no me viste, no me oíste, no me sentiste.


Para finalizar, recordamos que las reuniones de Atenea son los lunes a las 18:00 en el aula 17.0.2. Estáis más que invitades a pasaros para escribir con nosotres. ¡Nos leemos!





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