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Reseña de Saltburn

Emerald Fennell nos trae otro thriller a su manera, visualmente impactante pero vacío por dentro


Este suspense con toques de comedia sigue a Oliver Quick (Barry Keoghan), un chico de familia humilde que durante su primer año de universidad conoce al atractivo Felix Catton (Jacob Elordi). Felix viene de una familia rica, y su vida llena de lujos atraerá la atención de Oliver, quien, por casualidad o destino, pasará un verano con la familia Catton en su mansión de Saltburn. El reparto lo completan Rosamund Pike, Richard E. Grant, Alison Oliver y Archie Madekwe como la madre, el padre, la hermana y el primo de Felix, respectivamente.


Rosamund Pike, Richard E. Grant, Barry Keoghan, Jacob Elordi, Alison Oliver y Archie Madekwe en el póster de Saltburn. Fuente: Village Cinemas

Fennell viene de capitanear la segunda temporada de Killing Eve (2019) y de su premiada Promising Young Woman (2020), por lo que uno esperaría una evolución en su estilo y en su escritura. Desgraciadamente, solo uno de esos aspectos ha mejorado mientras que el otro, de hecho, ha visto un decrecimiento en calidad. Es una película entretenida que no dejará indiferente a nadie –se habla mucho de sus imágenes y momentos más impactantes–, pero sus fallas no le dejan alcanzar la calidad a la que aspira.


Sus puntos positivos son varios: el humor funciona muy bien, su cinematografía y diseño de producción son bellísimos (aunque no suelen conseguir decir algo más allá de lo obvio) y las interpretaciones son divertidas. Barry Keoghan lo da todo.


Sin embargo, la cinta tiene dos problemas principales.


El primero es su exploración sobre los problemas de clase. Saltburn intenta ser Parasite (2019), o una película de Scorsese, en las que una persona de clase baja se ve atrapada por los lujos y el exceso de las clases altas y cómo su viaje para conseguir ese estatus les cambia irremediablemente, consigan alcanzar su objetivo o no. Lo que pasa es que Saltburn no llega a esa profundidad.


Lo intenta, contándonos a través del diálogo de Oliver ciertas situaciones específicas (cómo cada clase lidia con la pérdida de forma distinta, desafíos que una enfrenta y la otra no), pero nunca llegando a enseñarlas, por lo que no reciben la importancia que merecen. Todo lo referente a la fascinación que el protagonista y la audiencia deberíamos sentir durante la película se ve menospreciado (y destruido) por la otra gran falla de la cinta: cómo está estructurada y, por tanto, cómo está estructurado el personaje de Oliver.


Emerald Fennell durante el estreno de Saltburn. Fuente: Daily Mail

El acto final de la película no funciona por sus constantes giros y revelaciones. No cambian la trama lo suficiente o arruinan algo previamente establecido en vez de enriquecerlo. Esto ocurre principalmente en el caso de Oliver: para cuando acaba la película, se ha convertido en un personaje mucho menos interesante de lo que lo era treinta minutos antes. No ha existido progresión, ni evolución, nada de duda o reflexión: él es simplemente plano, y en una película donde tu protagonista representa a toda una clase social, eso no es nada bueno.


En resumen, Saltburn es buena momento a momento hasta el acto final, donde cae en picado y todo lo que has disfrutado de la obra se convierte en algo vacío y sin valor. Aun así, recomiendo ir a verla para poder ver sus momentos más impactantes y para poder ver su plano final, el cual le pertenece a una película mejor. Es irónico que, en una obra sobre clase, exceso y traición, sean precisamente un exceso de giros y una malinterpretación de la lucha de clases las cosas que hagan que Satlburn se traicione a sí misma.


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