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Un rojo que se apaga

Con la derrota del PS en Portugal, solo España permanece como gobierno de la izquierda en la UE


Un fantasma recorre Europa: el fantasma de una izquierda que transita hacia la muerte. Si hace unos años, el mapa de Europa era profundamente rojo, de eso solo queda el recuerdo en forma de: una España que, tras las elecciones de Portugal, se mantiene como el único gobierno de la izquierda; y la simbología que supone que el gobierno alemán, en otros tiempos gran fortín de los conservadores, esté ahora liderado por el SPD, aunque en coalición con verdes y liberales.


La realidad para la izquierda en Europa es especialmente dramática, si bien los sondeos apuntan a que volverán a ser la segunda coalición más votada en las elecciones al Parlamento Europeo, esto no se ha traducido en gobiernos en los distintos países, por lo que la presencia de dirigentes de las formaciones de izquierda, más allá del Parlamento, promete ser casi testimonial.



Mapa de los gobiernos de los países de la Unión Europea. Fuente: CIBOD

Mientras los partidos del espectro izquierdista -especialmente socialdemócratas y a su izquierda- van reduciendo sus apoyos, los verdes, que aspiraban a ser sus sucesores en Europa, no han logrado grandes resultados en ningún país más allá de lo que supone ocupar ministerios en Alemania. La reflexión, por tanto, debe ir más allá.


Los votantes no son como el fenómeno jott -cosas que desaparecen de la nada- sino que, junto a esas personas acérrimas a los partidos que constituyen prácticamente parte de su identidad, también hay otros pocos que no dudan en moverse de un partido a otro en función del contexto que viven. Estos son, para muchos politólogos, los héroes de la democracia, porque permiten una rendición de cuentas que no sería posible si todas las personas votasen únicamente por identificación con los partidos. Para otros tantos politólogos, aquellos que se ven las caras con tendencias, campañas y encuestas, este movimiento de votantes es la razón por la que pueden comer caliente.


Este movimiento de votantes se ve claramente ilustrado con el caso de la caída del último bastión de la izquierda: Portugal. Los populares portuguesas a penas mejoraron sus resultados de las pasadas elecciones, en las que quedaron en segundo lugar -en torno a un 6% de mejora- que contrarresta con la increíble subida de la ultraderecha Chega -un crecimiento del 177%- y la estrepitosa caída de los socialdemócratas portuguesas -reducción del 23,6%- pasando de obtener en 2022 una mayoría absoluta, a ser ahora la segunda fuerza y líder de la oposición.


Es cierto que no hay que sacar conclusiones precipitadas y que el hecho de que una subida de un partido coincida con la bajada del otro no explica movimiento alguno, pero si uno analiza los datos -ya no solo de Portugal sino de cualquier país europeo- verá que precisamente los territorios donde hace no mucho los socialdemócratas dominaban con puño de hierro, actualmente se han vuelto prácticamente bastiones de la ultraderecha.



Manifestación en Portugal. Fuente: UITBB

Es ahí donde la izquierda -si realmente quiere aspirar a no ser definitivamente barrida de Europa- debe poner su foco. La situación vivida con los agricultores es un claro ejemplo de ello: en otros tiempos, los partidos de la izquierda no hubiesen dudado en solidarizarse con los denominados «perdedores de la globalización», pero la mayoría de las formaciones socialdemócratas de Europa optaron por una estrategia de confrontación mientras los partidos de ultraderecha conseguían identificar sus siglas con la causa.


Refugiarse en la ideología, en el nombre o la marca nunca ha sido tan inútil como ahora, cuando las palabras comunismo o fascismo están tan manidas que prácticamente carecen de significado. Uno no puede esperar que por identificarse como la izquierda, los votantes vayan a percibir que eso implica necesariamente que vayas a defender a la clase trabajadora. A ello han contribuido también multitud de dirigentes de la izquierda por el continente que prometían cambiar las cosas, aplicar otra forma de hacer política, y han acabado pasando sin pena ni gloria -en ocasiones incluso con más presencia de la primera que de la segunda- por los gobiernos de sus países. Ante un tiempo de incertidumbre y dificultades, la población pide cambios y respuestas que difícilmente van a percibir en quienes ya los decepcionaron, y de eso, de la fuerza de la novedad y el cambio, se nutre la ultraderecha europea.


Si después de decepcionarte con los conservadores, das una oportunidad a socialdemócratas y después de años de gobierno de estos sigues pagando un precio excesivo por tu alquiler, cada vez la compra es más cara en el supermercado y tienes que vender los productos de tu campo a pérdidas, ¿cómo podemos culpar a la gente de que vote la única salida que la queda? ¿Cómo no van a calar determinados discursos xenófobos que se nutren precisamente de la desesperación?


El mapa de Europa es cada vez menos rojo, y a la izquierda la toca hacer una reflexión si no quiere que el contexto de países como Francia -donde la izquierda, a nivel nacional, es prácticamente testimonial- se extrapole al resto de Europa y que lo que recorra el continente no sea un fantasma que transita sino uno que definitivamente ha muerto.




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